En la calle Valparaíso vuelven a pasar cosas a las que me estaba desacostumbrando la locura de buscar la causa de todo. Por ejemplo, mutaciones.
-¡Espera, Javi, no corras tanto!
Me aparto para no tropezar con el niño y pasa, primero un cocker spaniel negro, con el cuello tirante y la lengua fuera, y detrás, una correa extensible seguida de una señora tensa con collar pero sin correa.
Algo más adelante, el niño mutado en perro se detiene a olisquear una inmundicia en un parterre. La dueña le reprende, mientras hala con asco de la correa.
-¡Javi, deja ‘eso’ ahora mismo! ¡Guarro, cochino!
El ‘niñoperro’, cerdo ahora, y su ama -que ya no hay duda de que es hechicera (perdón, prometí no pensar)- doblan la esquina.
No me da tiempo a ver más. Pero no puedo quejarme. Dos mutaciones en menos de un minuto no están mal para una mañana laborable de otoño.
Archivado bajo: Valparaíso
"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."