
Vi Mataharis de Icíar Bollaín por mi cumpleaños (qué palabra tan horrenda, con lo bonito que suena happy birthday) y me gustó. La tenía en el cajón de pendientes desde hacía meses.
Por mi onomástica, y con carácter retroactivo también fui ayer a una exposición de Velázquez en el Hospital de los Venerables de la que hablaré en otra ocasión y me tomé unas tapas en el barrio de Santa Cruz. Esto, unido a cierta crisis de creatividad, es la causa de mis ausencias.
A lo que vamos. Tres mujeres con el común denominador laboral de una agencia de detectives y un variado numerador de situaciones afectivas.
En la resolución de cada dilema vital Eva, Carmen e Inés habrán de despejar las incógnitas de la verdad, la libertad y la felicidad: decidir entre arriesgar el trabajo o el amor en el fragor de una investigación de procedimientos y fines inmorales; ser o no infiel a una relación abocada al fracaso; y perdonar o no el ocultamiento de una realidad dolorosa que amenaza la vida conyugal y familiar.
Los personajes femeninos -Inés (María Vázquez), Carmen (Nuria González) y Eva (Nawja Nimri)- pesan deliberadamente pero sin feminismos exacerbados. Tienen sus luces y sus sombras. Los masculinos, fifty- fifty: humanos y creíbles Iñaki (Tristán Ulloa) y Manuel (Diego Martín); canalla y machista Valbuena (Fernando Cayo), el directivo de la agencia; y muy patético Sergio (Antonio de la Torre) en su papel de marido-mueble de Carmen.
Se nota la mirada femenina de su directora, y su interés por mostrar el drama social y personal de numerosas mujeres abocadas a elegir entre familia y trabajo (fantástica interpretación de Nawja Nimri).
Pero no sólo eso, también el activo de flexibilidad, empatía y humanidad que aportan al entorno laboral, personificado en la ayuda que se prestan para lograr eso que algunos llaman conciliación, la compasión ante la debilidad y la injusticia, y ese sexto sentido capaz de adelantarse a los conflictos y resolverlos con gracia y discreción.
Piel sin maquillar, fotografía sin filtro, hermosa de puro real, sometida al objetivo de la verdad sin trucos ni luces indirectas. Así me pareció la película en su planteamiento, en su guión descarnado, en la naturalidad de la cámara y de la interpretación y en sus finales abiertos. La vida sin aderezos, desnuda en toda su belleza y complejidad.
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