Zahorí en Valparaíso

En aquella ladera llovía de arriba a abajo con ímpetu monzónico, pero también de abajo a arriba, a través de la mina que brotaba en lágrimas por los estanques y transmitía su ligero temblor de siglos al verdín y a las carpas rojas. Llovía dentro de la casa y el agua dibujaba ectoplastias en los muros y en las alfombras recogidas a destiempo.

Del costado del Cristo también manaba agua, agua y sangre: una risa de resurrección que contagiaba al magnolio, a los naranjos y pomelos, a los cañaverales y hasta a los perros del cementerio en un ensayo de penúltimo día.

Y yo, frente al ventanal donde, lo que son las cosas, Don Juan pudo ver su apartada orilla, flanqueada por dóciles palmeras, quieta y callada, como los peces, como los perros, como sus amos; yo en la vieja capilla, rodeada de libros y de buenas intenciones, hacía acopio de aguacero en mi alberca,  suplicando ese temblor fontanal, ese manantial de la doncella, que hoy parece atraer poderosamente mi vara zahorí.

5 comentarios

  1. Oéoéoéééé…. ¡PROEMA, PROEMÓN!

  2. Jo, gracias, pero… ¿qué haces de camuflaje?

  3. Lo que son las cosas, desde ese coro, no solo se observaba el costado de Cristo, sino también esa herida del muslo derecho abierta y manando sangre.

    Por cierto, ese cristo tiene unas piernas preciosas parecian columnas, bien regordetas y eso me ha animado la Pascua, todo se hereda.

  4. Ja, ja. Así visto… A mí también me animaría si no fuera porque ese Cristo me parece de una proporción extraordinaria. ¿Regordetas? :-)

  5. ¡Precioso texto, Cris!

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