En la frontera de Oz

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Merendaba con Rocío Carlos en Rodilla, al abrigo de los redobles de tambor y de un exiguo chal de madroños. Ellos, sándwiches –guacamoles con queso de cabra light, según el envoltorio-; yo, helado doble de nata con nueces y dulce de leche, para combatir el frío.  

-¿Para qué pondrán light si luego le meten mayonesa?, dice Rocío. Reímos. 

-¿Y la calle Valparaíso?, pregunta el canario. Le contesto: -bien, inspiradora, como siempre; aunque propiamente tendría que haber aclarado: el camino de baldosas amarillas, dirás, con su cortejo de presencias singulares.   

Ayer, sin ir más lejos, me paré en el quiosco de la frontera. El quiosquero, joven, con trazas de intelectual.  

-Buenos días, quería un periódico o varios, depende de si han publicado o no algo que estoy buscando. ¿Me dejaría ojear? 

-Sí, por supuesto.  

Me pongo a ello con torpeza porque estaría feo humedecer el dedo con saliva para pasar las páginas y es lo que me sale por defecto. Para justificarme añado:

-Estoy buscando un obit… -dudo qué sustantivo emplear tras la discusión de ayer-… estooo…una necrológica –corrijo. 

-Ah, pues pocas necrológicas encontrará en prensa. Pero, ¿necrológica u obituario?, porque ABC tiene necrológica y El Mundo, obituario. 

-Ya, bueno, lo mismo me da. 

Aparece una vecina con perro y el quiosquero sale a saludarlos:

-Psshh, Totó–pongamos por caso-. El can debe andar algo confuso porque el quiosquero añade:

-Un poco dubitativo este perro.  

La palabra se queda flotando, tengo ya una colección de globos en esta calle. Yo sigo ojeando la prensa, con más interés por lo que pasa fuera que dentro, así que decido poner más empeño en mi tarea. 

-Voy a llamar a la protectora –dice la señora. 

-¿Y eso? 

-Un coche. Lleva aparcado ahí dos días con un perro dentro. La Pepi dice que la ventanilla está un poco abierta, que iba a ver si le echaba algo de comer al pobre chucho. Y yo digo: pa’ eso no tengas perro, ¿no? 

-Pues sí, llama, llama. 

Se van el can cartesiano y su ama. El hombre se vuelve y le da una patada a la puerta del quiosco:

-¡Qué hijos de puta! 

Luego, desde el mostrador del quiosco, me sonríe educadísimo:

-¿Ha encontrado lo que buscaba? 

-Sí, me llevo éste. Muchas gracias por dejarme curiosear. 

-No encontrará muchos quioscos donde le dejen hacer esto. 

-Lo sé, en compensación me haré clienta fija. 

-No se preocupe, no es necesario. Y sonríe. 

Si ahora llegara un tornado y levantara el quiosco por los aires me parecería de lo más natural.

6 comentarios

  1. e bueno, bueno, bueno. Gracias por citarme…

  2. Qué cosas [te] pasan en la calle Valparaíso…

  3. Qué envidia de merendola!!

  4. Qué fuete.

  5. Y hermoso.

  6. Gracias a todos, por la merienda, por los buenos deseos, y por los piropos.

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