• Puente de mando

    Cristina Abad. Sevilla. (España)
  • Carta de navegación

  • Sin Perdón

    -Si le he dicho que no, no ha sido por que tenga marcas en el cuerpo y en la cara.

    Lo que le dije la otra mañana de que se parecía a mí no es verdad. Usted no es fea como yo, sólo que ambos tenemos cicatrices.

    Usted es una mujer muy hermosa y si quisiera un servicio gratis la elegiría a usted antes que a las otras dos. Sólo que no puedo… por respeto a mi esposa.

    -¿Su esposa?

    -Si, verá…

    -Es digno de admiración por ser fiel a su esposa. He conocido a muchos hombres que no lo son.

    -Sí, supongo que sí.

    -¿Ella vive en Kansas?

    -Sí…, sí. Se ha quedado cuidando a mis hijos.

    (William Manny -Clint Eastwood- a la prostituta marcada por dos vaqueros cobardes).

  • Morfeo a Neo en Matrix

    "Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."

Los 40 del príncipe

Las niñas de mi generación soñábamos con casarnos con el príncipe. Lo hacíamos en contra de la opinión de nuestros padres, fueran monárquicos o franquistas. Los unos porque pensaban que a príncipe le corresponde princesa y los otros, por considerarlo un mal menor de la sacrosanta dictadura.  

Supongo que las niñas procedentes de familia republicana, soñarían con destinos plebeyos, aunque tengo dudas, porque la imaginería infantil es terca y seguro que más de una desearía secretamente un descendiente de sangre azul, como anhelarían la llegada de los Reyes Magos cada 6 de enero. 

Nosotras, las niñas españolas de los años 70, teníamos príncipe, el príncipe de todos los cuentos pero en carne mortal, que nos sacaba los años suficientes como para jugar a ser bellas durmientes del bosque a la espera de un beso principesco. Las madres, más comprensivas, por madres y por mujeres, daban alas a nuestras quimeras y decían por lo bajo cuando nadie las veía: ¡A que es guapo el príncipe! 

En nuestra adolescencia y primera juventud crecimos a la sombra cada vez más alargada de Felipe. Con los años, el tiempo fue cincelando angulosidades en aquella belleza angelical y oscureciendo sus cabellos dorados y sus ojos azules. Pero seguía siendo una promesa aunque su gesto se agravase. El príncipe ya no era tan guapo como antes y estaba triste como una versión femenina del poema de Rubén Darío.  

Preso en sus oros y en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real no quería sangre azul sino roja, común y corriente. Que la sangre azul es venosa y perjudicial para la salud.  

Al príncipe Felipe le agobió el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas. Y al final, después de varios intentos que ocuparon las portadas de cuché, el zapatito de cristal encajó en el pie de una periodista de mundo, que dio también que hablar pero ventiló las estancias palaciegas, y al cabo le ha dado dos hijas y la felicidad.  

Las niñas de los 70 -algunas al menos- nos sentimos representadas en aquella periodista, aunque no ocuparíamos su lugar por nada del mundo, ni en palacio ni en el estrecho tallaje de su vestuario.

La monarquía a estas alturas ni nos quita el sueño ni nos hace confiar en exceso; el rey, como conviene a toda democracia parlamentaria, ni reina ni gobierna, aunque a veces cumple cierto papel en la defensa de los derechos de la patria, mandando a callar si hiciera falta.

Pero, a pesar de que la época de los sueños acabó hace mucho, las niñas de los 70 no podemos evitar cierto sabor amargo al ver los titulares de los periódicos de hoy que nos recuerdan que también nosotras vamos camino de los cuarenta.

Y eso ¡ay! resulta demasiado realista.

3 comentarios

  1. Estás hecha una columnista. ¿Te lo he dicho?

  2. ¿Cómo dices? No he oído bien…
    ¡Gracias! :-)

  3. Estoy de acuerdo con Agus, un texto magnífico. A mí me gusta[ba] la infanta Cristina…

Escribe un comentario