- “En la Summa Theologica Tomás dice que la oración es interpretación de la esperanza. La oración es la lengua de la esperanza (…). El Padre nuestro es escuela de esperanza, su iniciación concreta.
- (…) Un hombre desesperado no reza, porque no espera; un hombre seguro de su poder y de sí mismo no reza, porque confía únicamente en sí mismo. Quien reza espera en una bondad y en un poder que van más allá de sus propias posibilidades. La oración es esperanza en acto.
- (…) En las invocaciones de la segunda parte del Padre nuestro nuestras ansias y angustias diarias se convierten en esperanza. Está presente el deseo de nuestro bienestar material, la paz con nuestro prójimo y finalmente, la amenaza de todas las amenazas: el peligro de perder la fe, de caer en el abandono de Dios, de no poder percibir a Dios y de acabar de esta manera en el más absoluto vacío, expuestos a todos los males. En el momento en que estos anhelos se convierten en invocación se abre la vía de las ansias y de los deseos hacia la esperanza, de la segunda a la primera parte del Padre nuestro.
- Todas nuestras angustias son, en último término, miedo a la pérdida del amor y por la soledad total que le sigue. Todas nuestras esperanzas están en la profunda gran esperanza, en el amor ilimitado. Son esperanzas del paraíso, del reino de Dios, del ser con Dios y como Dios, partícipes de su naturaleza (2P 1,4). Todas nuestras esperanzas desembocan en la única esperanza: venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra. Que la tierra se haga como el cielo, que la misma tierra se convierta en cielo. En su voluntad está nuestra esperanza. Aprender a rezar es aprender a esperar y por lo tanto es aprender a vivir”.
Estos párrafos pertenecen a Mirar a Cristo un tratado de Benedicto XVI sobre las virtudes teologales, que ha iluminado mis días de retiro.
Veo, leo lo sucedido estos días y, mientras trato de ajustarme a la cotidianidad con una visión más esperanzada, pienso que en el fondo aquel ‘seréis como dioses’, cuyo eco resuena cansino en las promesas optimistas del Reino de la Técnica y del Progreso, es una aspiración tan humana que Dios la colma con creces haciéndonos partícipes de su naturaleza. Es más, para que el hombre se haga Dios, Dios se hace hombre y nos enseña a hablar como hijos de Dios.
Y, sin embargo, ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, ante el árbol de la vida, seguimos empeñados en experimentar con nuestros límites y chocamos una y otra vez, como polillas en el interior de un fanal cuya bombilla macilenta tratara de competir con la luz cálida, vital y cegadora del sol.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Qué cosas. La fe; algo que se reparte por alguien a quien no hemos visto de forma aleatoria. Usted la tiene y yo no. -Persevere.- Me dirá usted. Yo podría pedirla durante una vida, pero si Dios no lo quiere, no la tendré. -¡Ah!- Dirá usted. -será la voluntad de Dios.
la fe, la esperanza en el paraíso, ¿no son otra cosa que una renuncia al presente? ¿No son un antídoto contra el miedo? Ese miedo cerval que nos atenaza desde el fondo de los siglos nos impulsa a creer en lo que sea y así nos retiramos con el libro del jefe de una religión monoteísta que se permite decir “y finalmente, la amenaza de todas las amenazas: el peligro de perder la fe, de caer en el abandono de Dios, de no poder percibir a Dios y de acabar de esta manera en el más absoluto vacío, expuestos a todos los males.” Que corra el miedo que no quede nadie indemne. No vaya a ser que el amor se desparrame sin contrapartida.
En fin, yo pasaba por aquí, estimada Mercedes, por un motivo absolutamente prosaico, quería saber si a su blog acude gente preguntando qué es un patio inglés, toda vez que en su día habló usted del asunto. Qué tontería. A mí me pasa y me llama la atención. Era sólo eso y me encuentro con esto. Y me ha apetecido hablarle un poco de la fe vista desde el otro lado, del lado de alguien que, un día, empezó a leer otras cosas y se vio privado inmediatamente de la gracia.
Porque, lamentablemente, como dijo Cristo, el que no está conmigo…
Atentamente,
Con permiso.
* A la 1ª pregunta: NO. Si se renuncia al presente es imposible ganar la Salvación.
* A la 2ª pregunta: NO. No creo que sea antídoto contra el miedo, pues yo creo tener Fe y tengo miedo.
En cualquier caso, creo que “Ese miedo cerval que nos atenaza desde el fondo de los siglos…” no puede ser el origen de la Fe. Al menos en su caso -y de otras muchas personas- no lo ha sido…así que no lo exageremos!
A mi no me trajo aquí la casualidad ni la curiosidad, pero también me apeteció dejar estas nimiedades.
Salu2!
JM.
Me hace gracia ese diálogo hipotético, cómo la gente te encasilla y dice: ahora me dirás esto, y si eres de esto harás esto… ay. Qué poquito sabemos a veces. El miedo sólo engendra miedo.
Pensaba en su comentario, Passy, mientras barría el patio inglés de mi casa, qué cosas. Y no en la línea de las respuestas que Ud. considera que yo le daría.
Pensaba que llevamos siglos intentando liberarnos del ‘yugo’ de Dios, y lo único que hemos conseguido es revolvernos contra el propio hombre. Hemos creado infinidad de paraísos terrenales de razas escogidas, sin clases sociales… y hemos cosechado dictaduras, hambre, injusticia… Donde quitamos a Dios ponemos al superhombre, que es mucho más terrible.
¿En cambio qué promete ese Dios que Ud. considera tan caprichoso? Un más allá que comienza más acá. Un mundo mucho más real y más humano que el que nosotros podemos construirnos solos.
Y para descender a la realidad se hace uno de nosotros. Vaya al Evangelio y dígame una sola verdad que vaya en contra del hombre. No hay ninguna realidad humana, por dura que sea, que Dios no haya padecido y por culpa de los hombres. Dios mismo ya ha desparramado ese amor sin contrapartida, como ud. dice. ¿Le parece esto irreal, opiáceo, alienante?
Prefiero fiarme de un Dios inmutable, que no se contradice, que pide según da, de la dictadura ambiciosa de los hombres. Al final hemos de creer en algo, ¿no?: en el Progreso, en el Super yo, en paraísos terrenales…
Y Dios, ¿de qué habla?: de perdón, de amor, de generosidad, de humildad, de justicia. ¿Es esto tan hipotético y tan peligroso? ¡Qué poca fe en el hombre! Tiene Dios más fe en el hombre que el hombre en sí mismo…
La fe es un don, en efecto, y por tanto gratuito, del que habrá que dar cuenta. Pero no se impone, se ofrece. Por tanto cabe tomarlo o dejarlo, desarrollarlo o dejarlo morir. No es una reliquia es algo vivo.
Nunca sabe uno el estado interior de la persona. Yo no me siento una escogida ni una iluminada. Muchas veces recojo en el blog las cosas que necesito oír, aquello que me gustaría ser, no lo que soy. Somos viatores. Vamos de camino. Yo también siento miedo muchas veces, miedo de mí misma, miedo de la capacidad del hombre para el mal, no de Dios. Dios ya me ha dado suficientes muestras de misericordia y de paciencia.
En todo caso, es aventurado hablar sobre el fragmento de un texto. Yo le animo a volver al Evangelio y a leer este libro o algún otro de Benedicto XVI, ese jefe religioso. Siempre es interesante y un reto para la inteligencia escuchar sus argumentaciones, se piense o no como él.
Un saludo. Cristina
Estimada Cristina:
Gracias por su contestación.
Creo entender, entre otras cosas, que su “fe” en el hombre es más bien escasa. (“La dictadura ambiciosa de los hombres”)
¿Cómo se entiende esto desde el punto de vista del libre albedrío? y aún más; algo que siempre me ha llamado la atención, ¿Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios?
En cuanto a JM y según la Iglesia, si no estoy equivocado, el camino más directo hacia la salvación es la renuncia. Creo que sigue siendo así. Otra cosa es que la concepción protestante de la salvación a través del trabajo, se vaya imponiendo silenciosamente en los países mediterráneos. Y lo del miedo, bueno: bastaría una encuesta para saber en qué momentos concretos de la vida rezan más los creyentes, por ejemplo.
Y lo de “qué poquito sabemos a veces”, no es a veces. Es siempre. pero el problema no es ese. No sé quién decía que el problema no radica en ser ignorante sino en mantener a los demás en la ignorancia.
Le agradeceré, Cristina, que si lo tiene a bien, me conteste a las dos cuestiones que le planteo. Vaya por delante mi buena fe (en el sentido humano del término) y las ganas -y la envidia- de leer a alguien que conserva semejante regalo.
Atentamente,
Veo -Passy- que su empanada es mayor de lo que pensaba.
Para la Iglesia Católica (no se para el resto de las cientos que Ud. puede conocer) la manera de salvarse no es la “renuncia” sino los actos.
Llegados este punto, creo que es preferible abandonar la pseudo-teología y seguir dedicandonos a la jardinería.
.
Umm, JM, los actos…y la fe. La fe nos salva, pero, como dice San Pablo, una fe sin obras es una fe muerta. Éste tema de la justificación es fundamental y, afortunadamente, un punto en el que se ha alcanzado la unidad entre protestantes y católicos, ya que estamos en el octavario por la unidad de los cristianos.
La doctrina cristiana, Passy, no es de renuncia, es de amor, y el amor siempre comporta renuncia, el amor es donación, entrega, pero no como negación sino como afirmación de algo más valioso. Cualquiera que se haya enamorado de verdad, lo sabe. Jesucristo lo explica bien en la parábola del tesoro escondido. Nadie que encuentre una perla preciosa duda en vender lo que tiene por adquirirla.
En cuanto a la fe, no creo, desde luego, en el poder ilimitado del hombre, ni del progreso, ni de la ciencia, sobre todo cuando estos se vuelven contra la propia dignidad del hombre en aras de una libertad individual mal entendida y de una sociedad perfecta, que por cierto, nadie acaba de explicar. Bastantes ejemplos nos da la Historia, y no aprendemos (véase el fracaso marxista).
Creer, creer, creo en Dios, puesto que fe es creer lo que no se ve. En cuanto al hombre considerado de forma demasiado optimista como semidios o superhombre, etc., pues, tengo demasiadas evidencias. Y… no se puede creer lo evidente, ¿no?
En lo que sí creo es en la vocación a la trascendencia del hombre, en que sus potencias están orientadas al bien y a la verdad; que es esencialmente bueno, y libre, lo que significa que puede hacer el mal, y de hecho lo hace, sobre todo cuando se empeña en subrayar su independencia de Dios.
Creo que Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza. No somos un eslabón más en la cadena de la evolución, ni una pasión inútil.
Dios es Amor, y crea al hombre por amor y para amar. Pero sólo se puede amar libremente. Por tanto el hombre está abierto también a la negación incluso de su Creador. Y de hecho lo niega.
El hombre es un ser llamado a la plenitud, al amor, inteligente y libre, con materia y espíritu. Somos seres únicos en la creación. Nadie más que nosotros posee esta capacidad de ejercer la libertad en el tiempo.
Que Dios conozca lo que va a suceder no significa que se inmiscuya en nuestra libertad. Dios sabe lo que cada hombre hará con su libertad y nos da cientos de oportunidades de regresar a Él que muchas veces no aprovechamos. Un ejemplo claro lo tiene en la parábola del hijo pródigo.
Doy un paso más, Dios no condena a nadie por ejercer su libertad. Es el propio hombre el que se condena al apartamiento eterno de Dios cuando se niega a ser auxiliado por Él mientras puede ejercer su libertad, es decir mientras hay tiempo.
Aún así, sólo Dios y la propia persona saben si ha habido un momento final de confianza, de petición de socorro. Él es misericordioso y es capaz de llevar en su propio corazón las miserias del hombre si éste le deja. Pero también es justo, volviendo a lo mencionado al inicio.
No sabemos el día ni la hora. Sería fatuo y presuntuoso confiar en una redención en el momento postrero. Además de que sería injusto, ¿no? No conviene arriesgar tanto. Al final, uno muere como vive. Como seres limitados que somos, nuestra libertad tampoco es perfecta.
En fin, vaya testamento.
Otra cuestión, la doctrina de la salvación a través del trabajo no es protestante. Está en el Génesis.
El hombre fue creado para trabajar, para colaborar con Dios en la Creación. El mismo Cristo, Hombre perfecto y perfecto Dios, pasó la mayor parte de su vida ejerciendo su oficio, por tanto ya que toda la vida de Cristo tiene una función salvadora, el trabajo es también redentor.
Lo triste es que se haya extendido durante tantos siglos la idea de que el trabajo es una maldición de Dios.
Dios no dice, como castigo trabajarás, sino ganarás el pan con el sudor de tu frente. Cuando el hombre se vuelve contra Dios no pierde su condición natural, pierde una serie de dones extra que Dios le había concedido, pero que excedían su naturaleza: la impasibilidad, la inmortalidad…
Así pues, nos cuesta trabajar, pero el trabajo no es malo.
Estimada Cristina:
Gracias pos su contestación.
En cuanto a lo segundo: Weber; porque la Biblia parece categórica al respecto.
En cuanto a lo primero, me gusta leerle. Será difícil que lleguemos a un punto común, al menos de momento, pero agrego su blog y así estoy al corriente de sus entradas. La verdad es que he ojeado sus posts anteriores y los comentarios y blogs relacionados. Me he encontrado con -digamos- un universo paralelo. Un mundo que no visitaba hace veinticinco años.
Gracias por su paciencia.
Un saludo.
No hay de qué, Passy. Muchas gracias por sus palabras. Un placer poder hablar de estas cosas con Ud. Vuelva cuando quiera.
No estoy de acuerdo con la visión calvinista del trabajo de Weber, no comparto esa idea de cifrar una supuesta predestinación al Reino de los cielos en el éxito terreno. Ni su amargo fruto del capitalismo… Me parece injusto, desesperanzador y muy alejado del mensaje de Jesucristo.
Un saludo cordial.
Si se lee el más importante de entre los recientes documentos pontificios -encíclica “Spe Salvi”- verá desmontada esa falsedad tópica de que creer en la vida eterna supone huir de esta. Un tipo llamado Dostoievski lo explica muy bien en su Diario para un escritor. Es más, la no creencia en la inmortalidad del alma lleva -si es coherente- al suicidio.
En cuanto a lo de la concepción protestante de la salvación, que se va imponiendo en los países mediterráneos, me temo que no es exacto. Por un lado, pareciera que hasta que no hubo cisma luterano no hubiese existido esa concepción, lo qeu para cualquiera que sepa algo de Historia del cristianismo es falso. El calvinismo -no puede generalizar con el protestantismo- es básicamente el que ha creado esa concepción de que si tienes éxito en la vida es que estás predestinado. De todas maneras, esa concepción es absolutamente incoherente con la doctrina de la salvación por la sola fe.
En cualquier caso, no hay que negar que los diferentes cismas cristianos, sin tener toda la verdad religiosa, han desarrollado mejor algunos puntos de la doctrina cristiana, y hay que reconocerlo y aprender de ellos.
Y, usted, que conoce la fe, si al final de su vida no la logra, será porque no ha querido. La vida cristiana es un misterioso (des)equilibrio entre don y tarea, y a quien busca la fe de corazón, no se le niega. Tenga ánimo y busque la verdad.
En cuanto a “la maldad del hombre”. Decía Chesterton que si hay algo innegable es la existencia de la Caída. ¿Acaso usted no experimenta su dualidad, el hombre nuevo y el viejo, querer hacer el bien y a veces no hacerlo? No es que seamos malos por naturaleza, pero nuestra naturaleza, herida, es capaz de lo mejor y de lo peor, de amor y de odio. Y, dejados de la mano de Dios, sin gracia, mucho me temo que las cosas irían muy, muy mal.
Estimada Cristina:
Las normas de educación de la red me impiden contestar al sr. Alonso por lo extenso.
He vuelto a su blog (al del sr. Alonso) y…no sé: “Un cristiano posmoderno como yo está acostumbrado a subrayar la misericordia de Dios y nuestra voluntad autónoma como causa de condenación. Esto es, Dios no condena a nadie, sino que es uno el que dice NO.”
Es como si la autonomía humana fuera, tanto desde su punto de vista como desde la del sr. Alonso, unidireccional; negativa. Dénle al hombre una oportunidad o al menos recuerden las barbaridades que ha cometido y comete en nombre de Dios.
He tenido esta mañana una larguísima charla con un católico practicante. Hace años que hablo con él. Tiene ahora setenta años y me causa admiración la efervescencia en la que vive, su capacidad de escuchar. Hoy me contaba -hablando de la forma en la que cambia la Iglesia. los fieles, los dogmas, el limbo, las encíclicas- hoy me contaba, digo, cómo hace cuarenta años, su madre, ya mayor, besó con cierto reparo a su nieta recién nacida porque todavía no estaba bautizada.
Lo inmutable, querida Cristina, cambia a una velocidad de vértigo. Lo más sagrado es un asunto de hace cuatro días y somos lo que somos por los intereses más o menos espurios de Constantino. A pesar de ello, el sr. Alonso tiene claro que “la no creencia en la inmortalidad del alma lleva -si es coherente- al suicidio.” No lo consideraré una invitación,
La falta de creencias no lleva al suicidio, Pero la fe no lleva a la alegría. Hay -no lo tome a mal- una cierta impostura en esa exhibición cristiana de la alegría. La palabra “Alegría” (como la preposición “En”) han sido tan utilizadas en los templos qye han han llegado a perder su significado.
De alguien tan poco sospechoso como George Steiner, que siempre anda buscando un soplo divino en todas partes, se publicó un librito delicioso no hace mucho: Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. Hombre; no se trata de tirarse del viaducto abajo, pero, como dice Steiner, hay un rastro de “materia oscura” en el pensar que produce finalmente esa tristeza. Siempre la ha producido: me viene la memoria otro ejemplo colosal: el libro de Panofsky y compañía: Saturno y la melancolía. Esto en cuanto a la estética. Claro, si hablamos de los rusos podemos empezar por Dostoievski y acabar en Chèjov. Siempre encontraremos lo mismo: melancolía. La melancolía de la duda, porque ni siquiera las afirmaciones de Benedicto XVI recubiertas de esa aura casi ¿científica? permiten al más creyente de los creyentes dudar de la existencia de algo que no tiene demostración.
Me consolaba esta mañana mi amigo diciéndome que desde el Concilio Vaticano II, es posible la salvación fuera de la Iglesia. Y yo sin saberlo.
Finalmente no he sido educado. Discúlpeme de nuevo, estimada Cristina. Gracias por acoger a quien pasa por su puerta en medio de la tormenta. Aquí hace calor. No hablamos el mismo idioma, pero hace calor.
Estimado/a Passy:
A lo largo de esta conversación epistolar ha salido a relucir con frecuencia la cuestión de la libertad. No acabo de ver la razón de volver sobre ella, al menos en el mismo sentido.
Resumo esquemáticamente lo que enseña la doctrina católica y dicta el sentido común basado en la experiencia universal: el hombre es un ser creado y su destino es la felicidad (de hecho anhela la plenitud). No cabe ser feliz sin amor. No cabe amar sin libertad. La mayor muestra de libertad sería amar a quien nos creó. Pero existiendo la libertad cabe elegir negar aquello que deberíamos amar para ser felices.
Elegir el mal es una manifestación de libertad pero no es la plenitud de la libertad. La plenitud de la libertad es elegir el bien. Así pues, si elegimos el mal no podemos echarle la culpa a Dios de nuestro mal uso de la libertad. Sería una desfachatez.
No hay un sentido unidireccional, pues; hay una encrucijada en la que uno elige libremente. Si fuera de otra manera, el santoral católico no estaría lleno de propuestas de santidad y por nosotros mismos no cabría más que la condenación a menos que interviniera la misericordia divina. Esta idea es luterana 100%. La referencia del Sr. Alonso hay que leerla en un contexto que Ud. ha omitido al mencionarla.
Sobre si es posible cometer barbaridades en nombre de Dios, pues sí. El Papa Juan Pablo II pidió perdón en varias ocasiones por este motivo. La Iglesia cuenta con un elemento divino y un elemento humano. El humano puede fallar; el divino, no, afortunadamente.
La doctrina católica se basa en la Revelación, la Tradición y el Magisterio. Desde que San Juan concluyó su Apocalipsis no cabe añadir nada nuevo. Con la muerte del último apóstol termina la Revelación. Ellos eran los encargados por Cristo de contar todo lo que habían visto y oído.
Por tratarse de verdades vivas, cabe profundizar en la Revelación a la luz de lo enseñado y vivido por los sucesores de los apóstoles, los Padres de la Iglesia; valorar las aportaciones de la teología y de las vidas y obras de los santos, y esa misión la tiene el Magisterio que es extremadamente riguroso a la hora de interpretar los textos. No cabe la libre interpretación que acabaría destruyendo la verdad (véase el cúmulo de sectas de la iglesia protestante por este motivo).
Por eso, lo mejor, cuando uno tiene dudas es acudir al Magisterio. Si lo hace descubrirá que no hay fisuras en la doctrina. Hoy creemos lo mismo que creían los primeros cristianos. Los dogmas no son más que reafirmaciones de verdades procedentes de la Revelación que siempre creyó el pueblo cristiano pero que en algún momento se pusieron en duda y hacen necesario un subrayado especial, por así decir.
La Iglesia nunca se ha pronunciado oficialmente sobre el limbo. No fue recogido por el Concilio de Trento ni es dogma de fe, es sólo hipótesis teológica. Es cierto que esa creencia se ha extendido culturalmente y se ha enseñado desde los púlpitos. Como consecuencia se ha generado una cultura de manifestaciones extrañas como la que Ud. menciona: los niños “moritos”, etc.
Lo que el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) dice y lo que Benedicto XVI ha subrayado recientemente es que los niños sin bautizar son confiados por la Iglesia a la Misericordia divina.
Esto entronca con la verdad de que los sacramentos son huellas del paso de Cristo por la tierra y canales de la gracia de la Redención.
Jesucristo viene a la tierra para decir que Él es el camino la verdad y la vida, para abrirnos las puertas del Cielo y deja una Iglesia con capacidad para atar y desatar.
Fuera de la Iglesia no hay salvación, es decir fuera de lo que Jesucristo hizo y enseñó que la Iglesia custodia. Así pues, la Iglesia sólo puede garantizar la salvación de los niños que no han cometido pecado mediante el Bautismo.
No se lo inventa ella. Administra lo recibido por Cristo, pero entiende que esos niños no son culpables ni autónomos, que la Redención es sobreabundante y no se circunscribe a la administración de los sacramentos.
En cuanto al tema mencionado de la salvación, dejo un apunte: la Iglesia católica ha enseñado siempre que fuera de ella no hay salvación y que para entrar en ella es necesario recibir el bautismo; pero tradicionalmente la teología católica ha reconocido que, además del bautismo sacramental, existen otras formas de bautismo (bautismo de sangre y bautismo de deseo) que también producen la incorporación a la Iglesia. Las personas no cristianas de buena voluntad pueden alcanzar la salvación por medio de una fe implícita.
Por último, la cuestión de la alegría. La alegría del cristiano se fundamenta en la Resurrección de Cristo, que ha vencido al mal y a la muerte. Es manifestación de la felicidad a la que el hombre está llamado. La tristeza proviene del temor o de la constatación del mal. Cuando a los cristianos nos falta la alegría es porque nos falta la fe.
Probablemente muchos de los problemas de fe de nuestro entorno se deben a la falta de alegría de los cristianos, a nuestra falta de fe. En fin, el elemento humano del que hablábamos. Pedimos perdón por ello.
(Otro testamento)
Sr. Passy:
No sabía que las reglas de educación en la Red impiden la respuesta larga. Yo, sin embargo, le agradezco la extensión. Permitirá que viole también esa regla.
Creo que su católico amigo, cuyo catolicismo presupongo más acendrado que el mío, por si las moscas, y para que no se piense que me coloco en una supuesta superioridad moral o qué sé yo, creo que su católico amigo, digo, está confundido en algunas cuestiones. No es que sienta placer en corregirle, pero las cosas están así. Si su amigo le ha dicho que “desde el Concilio Vaticano II, es posible la salvación fuera de la Iglesia”, desde luego es que le falta profundizar no solo en la doctrina sino también en la Historia de la Iglesia católica. Entiendo que su amigo le quiera consolar, pero triste consolación es la que pasa por encima de la verdad.
Primero, porque incluso si fuera cierto -que no lo es- que fue en el Concilio Vaticano II donde se dijo por vez primera que, sin estar bautizado, uno se puede salvar, eso habría sido desde siempre, no desde el momento en que el magisterio lo señalase. Así, por ejemplo, la Virgen fue concebida inmaculada en el momento de su concepción, y no desde que se estableciese como dogma en el siglo XIX.
Pero es que, además, mucho antes del Concilio Vaticano II, ya se explicó con cierto detalle la expresión extra Ecclesiam nulla salus, de origen en los Padres, dejando claro que no se podía decir que el que muriese sin bautizar se condenaba. Hubo incluso condena eclesial a quienes pretendieron llevar la aserción hasta el límite de negarle a Dios la última palabra en el juicio a cada persona.
Sí, es cierto que el Concilio Vaticano II ha desarrollado mejor ese punto de la doctrina. Porque la doctrina católica, al encarnarse en seres humanos perfectibles, insertos en la Historia, se desarrolla. Entiendo que a veces pueda parecer que las cosas cambien “a velocidad de vértigo”, según dice. Pero antes de afirmar ese cambio, conviene estudiar a fondo la materia que supuestamente ha variado. Porque, la verdad, apoyar esa supuesta volubilidad doctrinal en las supersticiones de la madre de su amigo católico, pues como que es poco serio. Si supiera de fieles, dogmas, limbos y encíclicas, creo que no diría afirmaciones tan glamurosas pero tan inexactas como que “lo más sagrado es un asunto de hace cuatro días”.
Y sí, tengo claro que la no creencia en la inmortalidad del alma debiera llevar por coherencia intelectual al suicidio. No es una invitación. Gracias a Dios nos movemos más por intuiciones, por emociones, que por lo que se supone que pensamos. Y puede incluso que usted tenga más apego a la vida que yo. Pero no es extraño que Occidente se encamine al suicidio demográfico, ideológico, etc.
En cuanto a la cita de mi blog con la que abre su última intervención y la respuesta que le sugiere, lo siento, pero me he perdido, no he entendido bien lo que quiere decir con ello.
Y no eche a Constantino la culpa de todo, hombre. ¿O acaso no sabía que no fue Constantino el que declaró el cristianismo religión oficial del Imperio? Lo único que hizo el bueno de Constantino fue establecer la libertad religiosa en el Imperio. ¿Ve como hay que estudiar un poco más en profundidad las cosas antes de criticarlas?
Que la fe lleve a la alegría, lo cual creo (y cuanta más fe, más alegría), no lleva a que todo aquel que se declare creyente sea más alegre que los increyentes. En la vida hay muchos elementos que influyen en la alegría, incluyendo el temperamento de base genética y fisiológica, así que ya me dirá.
¿Dónde he dejado el abrigo? Creo que seguiré camino. Cierren bien cuando salga, porque la tormenta arrecia.
De todas formas. si llamo en plena noche, háganme un sitio junto a la chimenea. Me conformo con poco. Traeré el postre.
Gracias a los dos.
No hace tanto frío como parece. Aquí siempre hay buena lumbre, sitio para el diálogo y amigos. Tampoco es malo que de vez en cuando suba un poco el volumen.
Vuelva cuando quiera, y si es con postre mejor que mejor. ¡Buen viaje!
Hasta pronto, señor Passy.