En El hombre eterno, de Chesterton, hay un capítulo titulado “El dios de la cueva” que es dinamita pura.
Me resulta doloroso elegir algunos párrafos como regalo, casi una amputación o una partición salomónica, pero comprendo que sería un abuso colocar aquí el texto completo. Me voy a exceder, en todo caso.
Animo a leerlo y a rendirse una vez más ante este Dios capaz de encarnarse en un infante tan pobre como todopoderoso que quiere necesitar del ofrecimiento de unos pastores indigentes para confundir a los tiranos de la tierra.
Desde entonces no hay situación humana por oscura y miserable que parezca que escape a su amorosa e infinita incondicionalidad. No lo merecemos y sin embargo podemos decir con gozosa seguridad Si Deus nobiscum, quis contra nos? …Y Deus nobiscum.
“La Navidad en el cristianismo se ha convertido en algo que, en cierto sentido, es muy simple. Pero, como todas las verdades de esa tradición es, en otro sentido, algo muy complejo. No se trata de una única nota sino del sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la vigilancia y el drama. No es un acontecimiento cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. (…) Hay algo en ella desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañones de una batalla que acaba de ganarse.
Por la misma naturaleza de la historia, los gozos de la cueva eran gozos en el interior de una fortaleza o una guarida de proscritos (…) No se trata sólo (…) de que las hordas de Herodes podían haber pasado como le trueno sobre el lugar donde reposaba la cabeza de Cristo.
En esa divinidad enterrada se esconde la idea de minar el mundo, de sacudir las torres y los palacios desde sus cimientos, igual que Herodes el Grande sintió aquel terremoto bajo sus pies y se tambaleó con su vacilante palacio. Este es, quizás, el más poderoso de los misterios de la cueva. Es evidente que, aunque se dice que los hombres han buscado el infierno bajo la tierra, en este caso es más bien el cielo el que está bajo la tierra. Y de ello se sigue en esta extraña historia la idea de un levantamiento del cielo.
Ésa es la paradoja de todo el asunto: que de ahora en adelante lo más alto sólo puede alcanzarse desde abajo. Los derechos sólo pueden volver a ser propios por una especie de rebelión.
(…) La cueva, en cierto modo, es solamente un agujero o un lugar en el que se arrincona a la gente proscrita como si fuera basura, y, sin embargo, resulta a la vez un escondrijo para ocultar algo valioso que los tiranos andan buscando como un tesoro. Están allí porque el mesonero ni siquiera los recordaría y, a la vez, porque el rey no podía olvidarse de ellos.
(…) Era importante mientras todavía era algo insignificante y, ciertamente, mientras todavía era inerme. Era importante únicamente porque era intolerable y, en ese sentido, se puede decir que era intolerable porque era intolerante. Sentaba mal porque, de una forma pacífica y casi desapercibida había declarado la guerra. Se había levantado de la tierra para arruinar el cielo y la tierra del paganismo.
(…) Los que acusaban a los cristianos de incendiar Roma con antorchas eran calumniadores, pero al menos estaban más cerca de la naturaleza del cristianismo que esos modernos que dicen que los cristianos fueron una especie de sociedad ética, sometida a un lánguido martirio por decir que los hombres tenían una obligación con respecto a sus prójimos, y que resultaban ligeramente molestos porque eran mansos y humildes.
(…) Ninguna otra historia, ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén.
(…) La verdad es que hay un carácter bastante peculiar y propio en la dependencia de esta historia sobre la naturaleza humana (…).
Es algo así como si un hombre hubiera encontrado una habitación interior en el mismo corazón de su propia casa, un lugar que nunca había sospechado, y hubiera visto salir luz de su interior. Es como si encontrara algo en el fondo de su propio corazón que traicioneramente lo atrajera hacia el bien. Algo que no está hecho de lo que el mundo llamaría un material fuerte; más bien está hecho de materiales cuya fuerza reside en la levedad alada con la que nos pasan rozando. Es todo lo que hay en nosotros salvo una breve ternura que allí se hace eterna. Todo eso no significa más que un momentáneo debilitamiento que de una forma extraña, se convierte en fortalecimiento y en descanso. Es el discurso quebrado y la palabra perdida que se hacen positivas y se mantienen íntegras mientras los reyes extranjeros desaparecen en la lejanía y las montañas dejan de resonar con las pisadas de los pastores. Y sólo la noche y la cueva yacen pliegue sobre pliegue sobre algo más humano que la Humanidad.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."