Ayer M y yo volvimos a vestirnos igual. Nos pasa a menudo. A veces nos damos cuenta nada más llegar al trabajo y otras no caemos hasta media mañana.
El rito, en todo caso, se desarrolla de esta manera: una de las dos mira de reojo y dice algo así como: ¡noooo!, ¡otra vez!, y la otra, de inmediato, adivina qué es lo que pasa. Entonces nos reímos y salimos de la oficina improvisando un baile en plan Las Sisters.
Si el trabajo es de mesa, el asunto no reviste mayor gravedad, pero si viajamos, entonces la prudencia exige consultar sobre la indumentaria prevista para que el asunto no pase a mayores.
Con M tengo una relación que se puede definir como “codal” y que nos ha costado ocho años de vecindad estrecha. Al cabo de ese tiempo me he percatado de que M es algo así como la hermana que no tuve.
No es que nos parezcamos físicamente pero tenemos lo que se llama un aire. En lo profesional nos complementamos y suplimos nuestras mutuas carencias (yo le suelo preguntar dónde he metido algo y ella cómo expresaría una idea). Y sobre todo tenemos el mismo humor, cosa harto difícil hoy día: una socarronería familiar, entreverada de tonos marrones de diversa intensidad y plagada de juegos verbales y sobreentendidos.
Hay jornadas en que apenas hablamos. En esos días onomatopéyicos nos gruñimos, suspiramos, intercalamos algún monosílabo o expresión malsonante y poco más. Por lo general no coincidimos en este lamentable estado y cuando lo hacemos nos decimos alguna barbaridad para rematar y nos quedamos la mar de tranquilas. Pero lo normal es que nos alternemos y repartamos la carga para que no se vaya a pique el barco.
Sea como sea, nunca pasa nada. No existen muchas personas con las que me ocurra esto y M es una de ellas. Supongo que a la mayoría de la gente le pasan estas cosas con sus hermanos.
Luego al terminar la mañana de trabajo cada una tira por su lado. Rara vez compartimos camino de vuelta y aún menos conseguimos irnos de cañas, aunque podemos pasar meses intentándolo.
En eso, nuestro consorcio es una empresa abocada al fracaso.
(Quizá hoy lo consigamos, M, después de terminar el clásico resumen del año en el que a esta hora aún nos hallamos sumidas. En todo caso, y ya que no hemos escrito todavía ni un triste Christmas, Feliz Navidad).
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Que buena esa relación “codal” ja, ja, ja… ¡nunca lo hubiera planteado así… ¡me gusta!
Pues eso… ¡que Dios os conserve el humor! me da la impresión de que no hace falta que os lo aumente.
Eso sí, hay que conseguir lo de irse de cañas
¡FELIZ NAVIDAD!