Entre el arreglo del portón de entrada y un compromiso al final de la tarde me queda apenas hora y media para departir con Rocío y Carlos, que ha venido unos días a Sevilla por auto-prescripción médica. Recurro a la bicicleta para sortear los problemas de transporte proverbiales ya en esta ciudad.
En la puerta intuyo que algo extraño le ocurre a mi medio de locomoción pero no logro adivinar qué es. Al tiempo cruza por mi mente el pensamiento de que estoy muy chic con este look años sesenta, casual ‘ma non troppo’. Me calzo los guantes y el gorro de angora negro.
Sigo pensando que algo raro le ocurre a mi bici. Estudio el nivel de las ruedas: parecen hinchadas, pero el manillar queda demasiado bajo esta vez y no sé porqué. Intento subirlo y la situación no mejora. Debe ser la rueda que no está alineada…
Un señor que ha aparcado enfrente de casa saca la cabeza por la ventanilla del copiloto y grita: ¡La rueda delantera! Lo miro y miro después la rueda. Niego con la cabeza. Insiste solícito: ¡Al revés!… Alzo los hombros.
El hombre se baja del coche y añade un poco apurado: ¡Llevas el manillar al revés! Bajo el gorro me ruborizo. ¡Qué vergüenza! Desconcertada y con ganas de salir ya del compromiso doy una vuelta más al manillar pero en el mismo sentido y los cables de los frenos se retuercen.
¡Hacia el otro lado! Creo que el señor comienza a arrepentirse de ayudarme. Un poco más lejos las niñas del colegio vecino me miran extasiadas. Le doy las gracias al conductor porque parece buena persona. Podía haber esgrimido el clásico argumento machista y no lo ha hecho. Sonríe comprensivo y eso hace que me sienta peor.
Aliviada me subo a la bici y enfilo el carril. Las niñas no dejan de observarme. Les sostengo la mirada con descaro y al pasar junto a ellas espeto: ¿Pasa algo? Están tan perplejas que ni se ríen ni me miran con desdén.
De pronto el gorro me hace sentir culpable. Creo que todas las mujeres de mi entorno deben estar pensando que acabo de tirar por tierra la lucha feminista de décadas. Me lo quito de un tirón y me aplico al pedaleo, porque ya voy tarde.
En el bar, con Rocío y Carlos se me olvida el episodio y eso que tengo la humildad de confesarlo en tono jocoso. Para compensar pido una cerveza. Rocío pide una fanta de naranja y Carlos una menta poleo. He tenido que dejar la bici fuera contra mi voluntad porque hay tres individuos de aspecto sospechoso que no me gustan nada.
Pasamos un buen rato charlando pero llega pronto la hora de marcharme. Me despido y voy a por la bici. Dudo si ponerme o no el gorro. Hace frío, así que me lo calzo confiada.
Cuando salgo del recinto a punto estoy de matarme. Los frenos no funcionan. Pienso en los tres tipos de la entrada, pienso en el mal fario que sin querer se ha traído Carlos de Canarias, como quien se trae un virus, pienso si la culpa será del gorro. Y acabo concluyendo que probablemente tenga algo que ver con el maltrato al que he sometido a la bici esta tarde.
Archivado bajo: Humor, la locura no tiene cura
"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
¡Ay, Guille! Merece un lugar entre los clásicos… Lo de la bici me sigue pareciendo técnicamente imposible: verlo para creerlo. Y sí, estaba usted muy chic.
La vuelta sin frenos fue menos glamourosa…
¿Y el difunto?
Yo te aconsejaría que, en escribiendo así de bien y gracioso, no te preguntes demasiado por los sustratos de donde arranca la literatura. Vanidad o autoconmiseración, qué importan. Borra las últimas frases y que el texto acabe en esa bicicleta retorcida (en todos los sentidos: maltratada y vengadora.)
¡Gracias por el consejo! Que al menos el relato salga indemne…
Anda que no estarías tú guapetona con la gorrita de angora.
Ya. No creo que pensara lo mismo la tipa con la que estuve a un tris de chocar a la vuelta, ya sin frenos. ¡Pánico en el carril-bici!
Esa parte no la he contado porque aún me queda una pizca de autoestima… Y como Enrique me ha sugerido eliminar la moraleja final pues… ha quedado así, pero bien escarmentada que estoy yo del gorrito de angora.
Jaja, hace tiempo que andaba de ayuno ciberespacial y no había podido leer tus últimas entradas. Me he reído con esta, y también he disfrutado porque está muy bien escrita. Ojo con el manillar, ¡que la chufa puedo ser de antología!
Ay, se te echaba de menos por aquí, por allá y por acullá. ¿A qué te habrás dedicado estos días, pecorilla? Ya te escribiré.