Algunos periódicos abren estos días sus portadas con la noticia a cinco columnas del espanto de los abortorios catalanes. En el interior narran truculencias sobre trituradoras conectadas a desagües, ecografías falsificadas e investigaciones de residuos fetales.
Me satisface por lo que supone de revulsivo para una sociedad narcotizada como la nuestra y porque yo misma he defendido en muchas ocasiones el cumplimiento exhaustivo de la ley como medida inicial para reducir el número de abortos.
Pero, aun alegrándome, no puedo evitar la indignación ante titulares como el del editorial de El Periódico: “Abortos dudosos” -que suena a algo así como “presuntos muertos”- o “La fiscalía reitera que hay indicios de casos ‘indiscutiblemente ilegales’ en la red de abortos” (¿indicios indiscutibles?), porque ponen de relieve que esta sociedad hipócrita, como Víctor Frankenstein, ha creado un monstruo y ahora no sabe qué hacer con sus excesos manifiestos; aplaude a Saturno mientras devora a sus hijos, pero con tal de que no salpique demasiado la sangre.
Falta llegar a conclusiones asequibles a la mentalidad de un infante: que el aborto es un delito -lo sigue siendo en España-, un drama social y personal terrible que no se soluciona a base de parcheos de promiscuidad profiláctica.
Aun así, hemos de confiar en que aumente el clamor social, que cunda el éxito de medidas proactivas de apoyo a la mujer embarazada o que la situación se vuelva del todo insostenible y el cielo se apiade de nosotros.
Que también en el mundo de los mortales –por acudir a una imagen políticamente correcta y asequible a cualquier mentalidad demasiado sensible a criterios morales o religiosos- Cibeles logre salvar a Júpiter de las garras de Saturno y aquel acabe derrotando a su padre y expulsándolo del cielo.
Quizá algún día se cumpla para nosotros el final feliz del mito: Saturno, reducido a la condición de simple mortal, fue a refugiarse al Lacio, donde puso orden entre los hombres salvajes y les dio leyes que restablecían la igualdad de condiciones.
O, dicho con palabras políticamente incorrectas, recurriendo a los textos de la liturgia de hoy -también es cultura-, que Daniel pueda decir en nuestros días: “Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo”. (Daniel, 6,23).
"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."