El verano no quiere irse. Se cuelga de las ramas del membrillo, aumenta la temperatura y deja caer un bochorno hermético como losa de acero. Las calles se vacían, los cuerpos se despojan de la ropa, las hojas detienen su caída.
Ayer a mediodía, al volver del trabajo, me crucé con los chavales de siempre. Jugaban con las pancartas de un sindicato. El gordito cantaba “¡Por un precio justo!”.
A la hora del café, con la canícula, me encaminé a casa de B. Hacía varios meses que no la veía, ni a ella ni a los niños.
No había un alma, pero al llegar a la calle Tabladilla, vi una multitud desparramada por los bares. La cerveza corría solícita y anacrónica. Eran los agricultores de la remolacha que se manifestaban ante la consejería de turno.
En la cabecera de la concentración constaté que sólo las chicharras, los niños y el CD mantenían el motivo original de la protesta. Para los demás, el verdadero enemigo a combatir en esos momentos era otro.
Poco después entré en el almacén del moro que hay en la calle Juan Pablos para comprar algo con que sorprender a los niños. Marrakesh es como la lámpara de Aladino después de frotarla.
Lo mejor de esa tienda es una niña pizpireta que frisa la adolescencia. Se ha hecho mayor atendiendo a los clientes. Recuerdo que cuando nadie en su familia sabía español era ella la que manejaba el negocio. Y lo sigue haciendo con desparpajo andaluz:
-¿Señora, cuantos euros crees que hay en esta hucha?
La agito con fuerza. -No sé, lo menos seis.
–Anda ya, si hay billetes y todo. Mi padre no me deja romperla hasta que esté llena.
-Hace bien tu padre –le digo. -Si la abres ya nadie querrá echarte más. Tienes que tener paciencia.
Le brillan los ojos.
Elijo unas pegatinas de Mickey Mouse y un juego de parejas de cartas de El libro de la selva.
-Mira al techo y verás qué chulo.
Alzo la vista y veo un firmamento en el que brillan pegatinas de gel líquido, como su mirada.
-Anda que no te lo pasas tu bien en la tienda.
-¡Uy, mejor que en el cole!
Ya en casa de B. saco los regalos. Parece que he acertado porque B. junior me enseña su álbum con cientos de pegatinas y añade como trofeos los dos de Minnie con corazones que le he traído.
J. llega con su espada flamígera. Está mayor y se ha vuelto bueno. Se conforma con una de Pluto y otra de Goofy. M. tiene que hacer los deberes pero se resiste a abandonar el salón. Elige dos de Mickey y me da las gracias en nombre de todos menos de S. que es muy pequeño y me escruta con sus ojos enormes desde los brazos de su madre.
J. y él se berrean uno a otro como ciervos. Se entienden muy bien así. Jugamos al esconder y pongo una grabación del poema de la Mona Ramona que grabé en la PDA la última vez que estuvimos juntos: “¡Qué mona pecioza, padece una doza!”. J. se ríe como un loco al oírse. Con sus cuatro años ya deletrea a la perfección El Patito Feo.
A última hora, después de tomarle la lección a B., les enseño fotos de Londres. M. pregunta si tengo de Oxford y Cambridge. Al parecer en el cole han hecho dos equipos con esos nombres y quiere saber cuál de las dos ciudades es mejor. Pronuncia muy bien inglés y me pide fotos de Tower Bridge. Hay que ver lo que dan de sí los nuevos proyectos educativos…
Les enseño la Torre de Londres y les cuento que ahí mataron a un santo, abogado como papá, que estaba casado y tenía cuatro niños, como ellos.
-¿Y quién lo mató?, -pregunta B. curiosa.
–Un rey muy malo que quería obligarlo a hacer una cosa contra Dios.
-¿Y cómo lo hizo?
-Pues… le cortó la cabeza.
Los genes jurídicos de B. se rebelan: -¿y al Octavo ese quién lo mató?
Trago saliva y les enseño Hamleys, la mayor juguetería de Londres, en la que disfruté como una infanta retratándome con un click gigante vestido de pirata, con Jack Sparrow y un oso de peluche de dos metros de altura.
Me dan las 7.30 y B. me pide que me quede a dormir en su cama nido.
–Hoy no puedo.
–Por favor, por favor, quédate.
–Otro día, de verdad -miento.
De pronto noto que crezco desmesuradamente. Ha entrado un conejo que me dice que es muy tarde y que tengo demasiadas cosas que hacer. Por alguna extraña razón noto que hace demasiado calor para ser finales de septiembre.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Joer, qué pasada de entrada.
Hombre, muchas gracias. Suena muy bien así de castizo. Nada, nada, mera cronista. Los geniales son los niños. Algunos mayores, con suerte, intentamos conservar esa mirada… y a duras penas lo conseguimos.
“…Es tarde, tarde; tarde, tarde, tarde !!!…”
Eso dicen los conejos con reloj, los que van y pasan corriendo y te cortan el cuento…O te avisan que ya es hora, que tienes que hacer otro paréntesis de cuento para contar un cuento, otro cuento.
A mí también me afectan, dulcemente, los membrillos.
+T.
Qué bonito, y qué amargo al final. Hemos olvidado la sabiduría de los niños, hacemos un mundo que creemos muy serio y como deber ser, y no hacemos más que encadenar nuestra alma.
Ole, Cris, muy bonita crónica y ese final…aquí hace ya mucho frío. Un tiempo perfecto para venir de congreso, ¿no te animas?
Muchas gracias.
Odio el reloj, Terzio. Teniendo en cuenta que la contemplación es un trasunto de cielo, estoy casi segura de que en el purgatorio habrá relojes y tiempo, no sé qué clase de tiempo en ese estado, pero fijo que hay alguien llamando a algo desagradable.
Anacó, ¿qué me ofreces? No me lo digas dos veces.
Pues mira…
http://www.unav.es/culturas/
http://www.unav.es/actividades/congreso_moda.html
http://www.unav.es/fcom/cicom/2007/es/presentacion.htm
El de Cultura y Racionalidad es muy potente, viene gente de primera línea. asómate al programa y dime a qué hora hay que recogerte de la estación, jeje.
Distingo:
Un reloj en el Purgatorio sería un consuelo: Contaría a favor del purgado, siempre marcando lo que falta para acabar.
Un contra-reloj de esperanza.
O algo así, ¿no?
+T.
Si es así, vale… descontando tiempo cada vez que alguien en la tierra ofrezca un sufragio.
En esos casos será una contra-reloj…, carrera, se entiende.
Gracias, Anacó. El de Cultura y Racionalidad tiene una pintaza bárbara.
El reloj de las Ánimas…o algo así.
Un título precioso para un buen novelorio.
Pero ya no se escriben buenos novelorios.
Y con Ánimas en el guión, menos.
Brindo la idea (con participación en el copyright por el título).
+T.
Terzio, genial idea esa. Tú serías el mejor para escribirlo, y podrías contribuir en mucho a la literatura española. Si no te decides, pido turno en la cola.