Salgo empistada hacia Jerez tras repostar unas horas en El Puerto anfitrión de Leonor y Enrique.
Piso el acelerador del Skoda que se parece a un Audi como un huevo a una castaña o como una calabaza a una carroza real, con la mezcla de libertad, gratitud y mala conciencia que da llegar tarde después de una velada feliz.
Al tomar la curva de Las Beatillas me descubro ensayando una excusa prosaica cuando el fulgor de un rebaño en las colinas enciende la tarde como un broche el escote de una mujer cuya belleza declina.
En la radio de los nostálgicos, Sting desgrana oportuno Fields of gold y Cenicienta alza los brazos apurando su último baile.
You’ll remember me when the west wind moves
Upon the fields of barley.
A punto de llegar, me pierdo en una rotonda de la manera más rotunda. En la cuneta queda un zapato de cristal. Sólo me consuelan las palabras de despedida de Enrique: Si te pierdes de El Puerto a Jerez te tendré que incluir en la nómina de los poetas.
Llego tarde con excusa, sin calzado, en un Skoda polvoriento y prestado pero nadie se percata de la transformación.
Cae la noche que es breve una vez más.
Ahora son las cinco de la madrugada y camino por el arcén de los sueños, en busca de mi zapatito perdido y de ovejas para contar, pero las cunetas están vacías y el rebaño dormita en un establo remoto.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Era justo lo que necesitaba leer hoy. Buenas noches…
O sea, que ¡en nómina!