
No es aventurado imaginar a Orson Welles celebrando en las alturas la autentificación de la obra continuadora de El Quijote escrita por Shakespeare y Fletcher en 1612.
Welles, grandísimo admirador en su infancia y juventud tanto del Bardo de Avon como del Manco de Lepanto, habrá parlamentado con ambos todo lo largo y tendido que permite la Eternidad, sobre la recuperación, casi cuatro siglos después, de la historia de Cardenio, aquel joven enloquecido que don Quijote y Sancho encuentran viviendo como una fiera en las estribaciones de Sierra Morena.
El cineasta de Wisconsin que no pudo concluir su película sobre el hidalgo castellano por falta de presupuesto y por la visita inexorable de la muerte, estará hoy feliz entre los dos grandes de la Historia de la Literatura soñando dónde colocar al Cardenio shakesperiano en su versión sesentera y truncada de Don Quixote.
Y reirá al pensar que, gracias al dramaturgo inglés, ya puede dar respuesta con todo el sentido al título con que amenazaba acuñar su obra de tanto como le preguntaban por ella los periodistas: “¿Cuándo va a terminar Don Quijote?” .
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Cine, cine… y periodismo. Buena mezcla.
¡Y literatura!