• Puente de mando

    Cristina Abad. Sevilla. (España)
  • Carta de navegación

  • Sin Perdón

    -Si le he dicho que no, no ha sido por que tenga marcas en el cuerpo y en la cara.

    Lo que le dije la otra mañana de que se parecía a mí no es verdad. Usted no es fea como yo, sólo que ambos tenemos cicatrices.

    Usted es una mujer muy hermosa y si quisiera un servicio gratis la elegiría a usted antes que a las otras dos. Sólo que no puedo… por respeto a mi esposa.

    -¿Su esposa?

    -Si, verá…

    -Es digno de admiración por ser fiel a su esposa. He conocido a muchos hombres que no lo son.

    -Sí, supongo que sí.

    -¿Ella vive en Kansas?

    -Sí…, sí. Se ha quedado cuidando a mis hijos.

    (William Manny -Clint Eastwood- a la prostituta marcada por dos vaqueros cobardes).

  • Morfeo a Neo en Matrix

    "Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."

“The good shepherd” versión galega

La sinergia es caprichosa y ha dispuesto que concurran al mismo fin la conversación con un antiguo profesor gallego y el cordero de la infancia de Terzio.

El resultado de la decantación de dichas ideas ha sido el recuerdo lacerante como una dentellada de un episodio de pascua tardía, acontecido hace dos veranos en Vigo, que incluye oveja, lobo y buen pastor, como escenografía de la liturgia de aquel entonces. Recurro a la blogoterapia por si hubiera algún resto de infección de tipo traumático-emocional.

Pasaba unos días de descanso en Pontevedra, muy cerca de Nigrán, en una aldea de minifundios prestos a despeñarse sobre las playas de Prado y Patos. Desde allí arriba, como el último placer del suicida, podía disfrutarse de la vista de las Cíes e imaginar el naufragio de los dicinueve galeones de Rande con sus ciento ocho millones de piezas de oro, plata y otras mercancías preciosas.

En la casa donde me alojaba, había un husky siberiano de ojos líquidos, un ejemplar casi albino que más parecía una pescadilla que se muerde la cola en aquel espacio minúsculo y enrejado.

Pasar junto a la jaula del perro era como someterse a un tribunal. Los primeros días acallé mi conciencia con el pensamiento de que el can no era mío, pero su resuello bajo el sol abrasador y las moscas que banqueteaban en sus heridas me ablandaron definitivamente.

Comencé por reponer el agua en la escudilla y echar unos manguerazos misericordes a la caseta. A los pocos días jugábamos al fútbol con un limón por debajo de la reja, con el resultado de uno a cero, ganando Ducks (patos en inglés, supongo en homenaje a la citada playa), que se nos reveló como sensacional portero. A las dos semanas, Ducks y yo practicábamos esquí asfáltico por los alrededores de la casa. Sólo cuando logré dominar la situación nos lanzamos al exterior.

(Continuará)

2 comentarios

  1. Ay! que me veo venir el final…

    Espero ansioso la próxima entrega.

    +T.

  2. ¡Sí, sí que continue!

Escribe un comentario