El presidente recostó la cabeza en el sillón mientras la maquilladora le aplicaba la esponja en el rostro con toques breves y precisos. Imaginó que cada uno de ellos era una pregunta. Cerró los ojos y exhaló el aliento despacio. Había estudiado a fondo las cuestiones más espinosas. Estaba preparado para cualquier eventualidad.
¡Listo, Sr. Presidente! Una última ojeada al espejo, el postrer ensayo de un gesto a medio camino entre seguridad en sí mismo y cercanía. Se acomodó la chaqueta, ajustó su corbata y probó el tono de su voz: inspiraba confianza.
Cuarenta y dos preguntas. Pronto estaría en casa. De Juana Chaos, el 11M, el precio de la vivienda. La economía: eso era lo que verdaderamente preocupaba a los ciudadanos. El presidente se frotó las manos y repasó mentalmente los indicadores macroeconómicos. Al instante se encendió el piloto rojo. Tragó saliva, relajó los codos, humedeció sus labios y sintió el regusto amargo del último café del Congreso en el paladar.
En las horas siguientes la noticia corrió como la mecha en un reguero de pólvora. ¡Dios, el presidente no sabe cuánto cuesta un café! ¿Cómo puede gobernarnos alguien que no sabe lo que nos cuesta afrontar los gastos más menudos? Los periódicos abrieron con la noticia. Internet ardía: “Tengo un café para usted”, “En la capital, el café a 1.10”, “Café para todos”, “En busca del café de 80 céntimos”…
En los bares y cafeterías no se hablaba de otra cosa: ¡Póngame un café pero de los del presidente! Los propietarios de los establecimientos, avispados, tuvieron la misma idea y bajaron al unísono el precio del café. Los distribuidores se llevaron las manos a la cabeza; la noticia llegó a los productores. Hubo malestar, piquetes y huelgas. La economía comenzó a resentirse.
Los asesores del presidente temblaban al recordar que Giscard D’Estaing perdió unas elecciones por no saber cuánto valía un billete de metro en Francia y encargaron encuestas de intención de voto, mientras la oposición lanzaba slogans maliciosos: “Nosotros sí sabemos lo que vale un peine”.
A las pocas semanas, los pronósticos no eran halagüeños. En los canales de televisión local los videntes escrutaban el futuro en los posos del café.
A esas alturas, ya nadie daba un euro por el presidente. Ni siquiera 80 céntimos.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
¡¡¡Muy bueno!!! Ahora, que se cumpla…
Jeje, qué mala eres. A mí el café me vale 70 céntimos… en la facultad. Mira esta página:
http://www.escolar.net/wiki/index.php/Cu%C3%A1nto_vale_un_caf%C3%A9
Hombre, en la facultad es distinto.
No pretendo ir a por ZP. Lo que me maravilla es descubrir la vulnerabilidad del ser humano, cómo un suceso banal puede cambiar la suerte de una persona y dar al traste con toda una carrera política.
Lo encuentro superliterario, si se me permite la expresión.
En mi trabajo cuesta 40 centimos, si quiere Rajoy que lo ponga de ejemplo jejeje.
Batiscafo, ZP se refería al cafe que le lleva su secretaría, en el Congreso cuesta 80 céntimos y para el la vida se acaba allí dentro.
Confieso que yo no sé cuánto vale un café. No suelo mirar las vueltas, sinceramente. Debo ser un dejao. Me imaginaba que estaba en 90 céntimos-1 euro.
con media de tomate…. 1,20€
La verdad es que el asunto tiene su gracia y se le va a sacar mucha punta (tipico humor hispano)….si fuera eso lo único que no sabe/quiere saber el sr presidente.
En Bilbao el café cuesta 10 euros, que es billete más pequeño que tenemos…
El “incidente” del café (no tu escrito) está a la altura de la actualidad política y social de “este país”. Yo tampoco sé cuánto vale un café, no me gusta el café. En medio de tantos verdaderos problemas, cuando los partidos políticos y los medios de comunicación nos devuelven la imagen que me parece irreal de una sociedad preligrosamente dividida y fracturada, resulta que… Es que de verdad tenemos lo que nos merecemos. Unos por hacer sangre de una tontería y otros por darle bombo para que no hablemos de lo demás ¿Alguien me explica la portada de ayer de El País, por ejemplo? Dicho lo cual, estoy de acuerdo contigo: periodística y literariamente da mucho juego. Es algo sin importancia que puede ser importante. Ah, y por seguir con la encuesta, ayer, a la vista de la polémica, pregunté en una cafetería y aquí en las Islas el precio es más o menos ese.
Sí que da juego, sí. Y tu texto lo demuestra: es muy bueno.
Vais todos muy “sobraos” por aquí, sobre todo el de Bilbao.
Al leer la anecdotilla del café, me acordé de “El rastro de tu sangre en la nieve”, ese relato de “Doce cuentos peregrinos”, de García Márquez, en que el simple pinchazo en un dedo con la espina de una rosa acaba provocando la muerte de la protagonista.
Qué bien has sabido sacarle punta literaria al café de ZP. Yo estoy con Carlos, me impresiona que seamos tan superficiales, en el fondo no creo que el incidente vaya en contra de ZP, otra vez cortina de humo, hablamos durante un par de semanas del café en todos sus momentos de la cadena de producción, y el presidente no tiene que volver a abordar sus respuestas a medias acerca de problemas de otro calado.