El temprano estallido del cercis siliquastrum me ha despertado a la esperanza esta mañana. Cada año a mediados de marzo hago un estudio de campo en el Parque de María Luisa para anticiparme al brote de sus racimos de flores, pero esta vez no ha terminado febrero y el primer castillo de fuegos naturales ya marca impaciente el calendario de las fiestas de primavera.
Sé que tras la explosión rosácea vendrá la blanca pasión del azahar y la morada penitencia de la jacarandá a finales de abril, allá por Feria, en una confusión de colores litúrgicos y bullicio que es la perfecta aplicación a la botánica de la guasa sevillana. El de este año es un amor adolescente que invita a despojarse del rigor invernal y de sus paños calientes, a confiar, a regalar flores a manos llenas sin temor a que se las lleve el viento del fracaso o la desilusión.
Nandumbu, árbol del amor, ciclamor, arjorán… Envidio tu alegría mediterránea, tu resistencia al frío y al calor, tu providente y noble cosecha de flores y vainas medicinales. Y sin embargo, hallo una maldición brutal en tus ramas, algarrobo loco, árbol de Judas. Y me pregunto qué fue primero en ti, el amor o la traición. ¡Qué estigma imborrable el de soportar el peso de esa soga! ¡Pobre árbol! ¿Qué enseñanzas oculta la variedad de tus nombres? ¿Fue amor traicionado, traición perdonada o ambas cosas?
Quiero pensar que Judas tuvo su instante redentor al doblar la soga tus ramas con el peso de todos los pecados de la Historia, que no hay tal confusión litúrgica en este castillo de fuegos naturales –amor, traición, dolor, muerte, resurrección- y el hombre puede merecer mientras dura su aliento. Sólo Dios y cada hombre conoce el veredicto al llegar a la encrucijada precisa entre providencia y libertad. No cabe desesperar pero tampoco presumir.
Miro de nuevo las pinceladas rosas entre el oscuro ramaje cuaresmal del parque. Árbol de Judas, sí, recuerdo de las traiciones, pero sobre todo árbol del Amor, cuajado como ahora de flores en una primavera temprana y prometedora.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Precioso este texto, también el nandumbu. A mí estos árboles y enredaderas que se llenan flores sin más vestido me encantan y, a la vez, me producen compasión. Se quedan desnudos, secos, tiesos, para llenarse fugazmente de belleza. Es una verdadera explosión; le pasa lo mismo a la glicinia. En ese sentido le viene al pelo que lo llamen algarrobo loco. La leyenda de Judas no la sabía. Sigue con tus expediciones botánicas al Parque y déjanos aquí tus apuntes tomados del natural. Yo, si hubiera sido más inteligente, habría estudiado Biológicas para especializarme en Botánica. Pero…
Me encantan las glicinias. Se me había olvidado incluirla entre los fuegos naturales de Sevilla. ¡Gracias por recordarlo!
Mis expediciones botánicas me han dejado en estado de shock esta mañana. Iba a escribir alegremente sobre el árbol del amor y me he topado de bruces con Judas ahorcado.
Precioso.
Mientras leía, me ha venido a la memoria el poema de Juan Antonio Cavistany “El parque de María Luisa”
… ¿Ha “estao” “uste” en Sevilla?…
¿ha visto “uste” el parque de Maria Luisa?…
¿Que no lo conoce?, ¿Que no ha estado usted allí?
¡¡Pues “uste” no sabe lo que es un jardín!!…
¡no señor!…
Me gusta pensar que junto a este torbellino de colores con el que nos regala el parque cada primavera, perseveran año tras año, todos esos árboles de hoja perenne; discretos en su colorido, majestuosos en su porte; dando ese toque de equilibrio y madurez imprescindibles para el buen crecimiento del ecosistema.
Tu escrito no tiene desperdicio, me ha encantado y es que “la palabra” vive en los sentimientos, forma parte del alma, duerme en la memoria y cuando despierta surge con la energía que nos da el descanso y entonces… ¡¡arrasa!!.
No dejes de escribir y ¡disfruta con tu estudio de campo!