A estas horas Sevilla ha vuelto a la nitidez de sus tópicos y antitópicos, pero hace dos horas andábamos por las orillas del Támesis suspendidos en una niebla democrática, unidos por la común sorpresa.
No estoy segura, pero al salir de casa me pareció descubrir en los rostros a medio borrar un gesto ingenuo de satisfacción por haber logrado adelantar a este día legañoso al que no le sonó el despertador a tiempo.
Quizá la niebla, como el amor, disuelve los recuerdos amargos, porque las calles eran un jardín de infancia, un limbo en el que entrechocábamos y nos diluíamos felices como gotas de agua, para descubrir con júbilo que esta vez el camino de siempre nos condujo a otra parte.
Por un momento quedó atrás ese respeto humano tan propio de Híspalis. Nos saludamos, jugamos a fumar con el vaho y al pollito inglés, y no hicimos el corro de la patata de puro milagro.
Éste tarareaba una canción, aquél se ataba los zapatos sin complejos, y el de más allá se paraba a contemplar cómo desaparecían las torres de la Plaza de España por el conjuro unánime de todos los magos de Hogwarts.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Precioso
Sigue lloviendo…
Es muy bueno lo del amor y la niebla…