Como un inmenso tejado, la ciudad expele sus complejos por los tubos de escape de los automóviles. Los viandantes exhalan también sus angustias y de sus bocas sale una fumata blanca que sube al cielo como un acto de fe en la imperfección humana.
Hace frío bajo el sombrero. Lejos chillan histéricas las bocinas y en los chaflanes el viento polar combate con las carteras de ruedas y los babys con lamparones escolares.
Emboscada en mi abrigo me hundo en el silencio de la estepa siberiana. Mece mi desánimo la suave “nanna” que cantaba a un Romano Patroni niño su madre, allá en la bella y lejana Italia. Pasan los gitanos flagelándome con su estela de risas y placeres nómadas; atrás queda el dolce far niente del lánguido balneario donde el sombrero de Ana ya casi se ha sumergido en el cieno.
Ladra Sabashka, el perrito de la dama de Chejov, y titilan las copas en la bandeja. Ojos Negros, de Nikita Mijalkov. Cuando pesa la vida busco la melodía de esa canción entre las brumas de Rusia, que es regazo cálido en el que siempre hay una caricia a punto.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."