Hay días en que la condición humana se nos vuelve extraña y se dibujan con nitidez los perfiles de un mundo inhóspito, donde ocurren cosas oscuras mientras el común de los mortales vivimos ajenos al horror, sin poder ni querer sustraernos a las exigencias de lo cotidiano.
Mientras comemos, dormimos, trabajamos y amamos a los nuestros, hay un lugar, en otra parte del mundo o a la vuelta de la esquina, donde estalla el terror, un tirano es sometido con espectáculo a pena de muerte y miles de niños mueren sin ver la luz, y ni siquiera sentimos agitarse un ala de mariposa.
Es preciso dar gracias a Dios de no tener el don de la omnisciencia y de la ubicuidad, de estar amarrado a las coordenadas espaciotemporales, desafiadas tan sólo por los medios de comunicación, para no morir de espanto, de cinismo o de desesperación.
Pero no puedo evitar cierto sentimiento de culpa por haber sido feliz e inconsciente en ese instante preciso y, sobre todo, por tantas veces como dejo salir de mí impunemente al verdugo inmisericorde, al asesino sin escrúpulos, al juez inicuo, o al mandatario que vende la paz con su silencio, aunque sea a pequeña escala.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
La culpa sin causa no es buena, Batiscafo. Me huele a Kant, no preguntes por qué, y sé tan poco sobre él que se me hace antipatiquísimo.
Un saludico.