Los días de tormenta son idóneos para un estudio psicológico y sociológico. Zeus desata la furia de los elementos y la tierra se transforma en un campo de batalla donde cada cual lucha con las armas que puede. En el fondo, el combate contra las inclemencias acaba siendo una guerra de cada uno contra los demás e incluso de cada uno consigo mismo.
En este singular ajedrez que es la calle lluviosa, es fácil descubrir las posiciones de cada quien. Los días de lluvia son los menos propicios para el disimulo, lo que pasa es que vamos todos tan parapetados que no lo advertimos.
Allá va el distraído que olvidó el paraguas -siempre hay gente experta en perder paraguas y en robarlos, pasa lo mismo con los bolígrafos y otros artilugios de uso cotidiano-; el egoísta que se afana por conquistar como sea la cornisa, que no tiene escrúpulos en regar ladinamente al vecino de la parada del autobus o se atrinchera y toma la calle como un acorazado mientras los demás se esfuerzan en sortearlo hábilmente.
Están también el cínico que desde su coche disfruta viendo calarse a los demás, el desaprensivo que contribuye baldeando las aceras con una ola o tsunami, el precavido que nada y guarda a un tiempo las botas, el chubasquero y el paraguas; el incontinente que se deshace en palabros cada vez que se moja como los demás, el maleducado que insulta al pobre viandante de mirada de gorrión.
También se puede ver al dandy y al snob, al antisistema que se ajusta retador su gorro de lana negra, al poeta que traspasa la lluvia con arrebato místico, al enamorado para quien la lluvia significa hoy don y mañana llanto, al niño y al adulto con alma de infante que retozan felices después de verse reflejados.
Personalmente adopto el tipo del antisistema, el poeta, el desastre y el despistado alternativamente. Detesto los paraguas por definición y por orgullo herido, porque no me queda más remedio que plegarme a su dictadura.
Cada año pierdo varios, lo que me obliga a comprarlos a precio de saldo: la experiencia me dice que un paraguas barato tiene la misma probabilidad de volverse por efecto del viento que un paraguas caro. Por no hablar de la solidez de las varillas… Siempre son pequeños y con mango curvo, para que cuelguen del bolso, de la capucha o del bolsillo como un salchichón. Se hizo el paraguas para el hombre, no el hombre para el paraguas.
Confieso que me sorprende que, a estas alturas de vida, todavía echemos mano de un artilugio que ya se usaba en Mesopotamia hace 3.400 años -aunque como parasol- y que en la antigua Grecia manejaban las mujeres para protegerse de la lluvia.
Alguien debería inventar algo más moderno, democrático y amable: una especie de aura protectora, cortés e invisible que, ante todo, no hubiera que sostener con la mano de forma tan ridícula y aparatosa como un paraguas tradicional.
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"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
Precisamente, esta mañana, a las 7:35, ya saludado por las inclemencias que desde ayer por la noche se me sugerían con el golpeteo del agua sobre la repisa de mi ventana y sus ecos sobre el suelo del patio interior, en un ejercicio de libertad, decidí que hoy iba a ser feliz, que ni el objetivo bajón provocado por las bajas presiones, ni el subjetivo victimismo que uno le ataca en semejantes circunstancias lograrían hundirme en la miseria desde por la mañana temprano. (Tomo aire).
Así que aquí estoy, encantado de haber atravesado la tempestad con mi patético paraguas comprado en los chinos hace ya demasiado para alguien acostumbrado también a perderlos a puñados. Incluso confieso que me ronda la cabeza la idea, dado mi record de permanencia paragüil, de que quizá pueda renovar el artilugio (una varilla rota, por supuesto, cayendo como un tallo tronchado frente a mi cara, o sobre mi -ejem-, chorreandome por la espalda) con uno de cierta calidad. Me temo que la Providencia busca que me confíe para jugar conmigo y una vez comprado ese paraguas de clase y estilo… perderlo en la primera ocasión.
Ten por seguro que lo perderás por alguna extraña ley indefectible. No seas snob y resiste. Nada hay tan elegante como un paraguas curtido en mil batallas. Si te compras uno bueno le das a la lluvia una importancia que no merece. Hazte el interesante, que si no se lo cree.
Vaya, desde que leo este blog donde siempre se saca algo bueno de los días tristes, la lluvia, estoy viendo las mañanas frias de forma distinta.
Realmente lo que es la Psicología meteológica, está mañana cuando a las 7.20 fui a coger el coche con mi paragua abierto sorteando el viento pero segura que podía ante la que estaba cayendo, pense que si era capaz de vencer los obstaculos de la naturaleza, como no iba a vencer los obstáculos que me encuentro de la gente buena y que paz y seguridad.