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Sentada en el asiento azul y roto,
veo precipitarse la lluvia a través de las palabras
que dibujé en la ventana.
Me adormece el traqueteo
y sueño con postes que bajan y suben
con suave cadencia, previsibles.
Cuento jirones de nubes
dóciles y apresuradas como ovejas en vigilia,
hasta el cansancio.
Raíles veloces rumbo al sur…
Y pienso que esta vez mi tren ganó;
que no hay porqué temer,
que son las cosas las que pasan por mí,
inalterable:
lluvia a través del vaho y de las palabras.
Juego a creer que soy dueña del espacio y del tiempo,
como niña.
Archivado bajo: Cuaderno de bitácora
"Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."
El tren es la cosa más romántica del mundo. Después de Audrey Hepburn es quizá lo que más me enamora en el mundo. Y eso, exagerando.
Este verano, recorriendo las tierras de Noroeste inglés en el tren, me lo volví a decir: para conocer el alma de un lugar, has de visitarlo en tren. Te sumerges en el mundo como en uno de esos Aquariums bestiales, viéndolo todo desde la confortabilidad del otro lado del cristal.