• Puente de mando

    Cristina Abad. Sevilla. (España)
  • Carta de navegación

  • Sin Perdón

    -Si le he dicho que no, no ha sido por que tenga marcas en el cuerpo y en la cara.

    Lo que le dije la otra mañana de que se parecía a mí no es verdad. Usted no es fea como yo, sólo que ambos tenemos cicatrices.

    Usted es una mujer muy hermosa y si quisiera un servicio gratis la elegiría a usted antes que a las otras dos. Sólo que no puedo… por respeto a mi esposa.

    -¿Su esposa?

    -Si, verá…

    -Es digno de admiración por ser fiel a su esposa. He conocido a muchos hombres que no lo son.

    -Sí, supongo que sí.

    -¿Ella vive en Kansas?

    -Sí…, sí. Se ha quedado cuidando a mis hijos.

    (William Manny -Clint Eastwood- a la prostituta marcada por dos vaqueros cobardes).

  • Morfeo a Neo en Matrix

    "Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."

Los buenos días, a pesar de todo

Con noticias como la de Haití, qué extrañamente ajeno y superficial me resulta el eco de mi voz en el número de enero y febrero de Nuestro Tiempo. Es la dificultad que entrañan las publicaciones de periodicidad dilatada. Me lo comentaba Enrique hace unos días y, esta vez, amigo, lo compruebo. Ni con algo tan insustancial se acierta a veces. 

 

Los buenos días

Hubo una época feliz en que el hombre del tiempo se equivocaba. El día se guardaba el jaque mate de una aguacero sorpresa pero nos dejaba el consuelo de tener a quien echarle la culpa del remojón.

Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la meteorología se ha vuelto una ciencia quasi exacta, y si nos acatarramos o pillamos la gripe A la responsabilidad será nuestra por no consultar el tiempo en los telediarios o en Internet. Sólo yerran los meteorólogos, intencionadamente, por razones vinculadas con el turismo y generalmente en épocas estivales.

A pesar de todo, el conocimiento no nos sirve más que para prevenir y hacerle frente con paraguas, abrigos y bufandas. Nadie, con excepción de los habitantes de Lepe, capaces de encargar nieve -artificial- e incluso de adelantar la entrada del nuevo año, osa alterar el humor de Zeus. Las inclemencias del tiempo son algunos de los pocos privilegios que se reserva la Madre Naturaleza, a la que tan mal tratamos.

Puesto que no nos está permitido cambiar el color de los días, jugamos a cargarlos de moralidad. Los días de enero y febrero son, por percepción universal, malos, feos y tristones. Los peores, según “recordamos” cada año. Un día soleado y cálido, por el contrario, es un buen día, y si es tórrido y refulgente, mejor que bueno.

En lo más crudo del crudo invierno los chopos imploran al cielo con sus ramas desnudas, y las nubes descargan su llanto o un cargamento de plumas de almohadones helados. El campo parece un cementerio de Edgar Allan Poe o una estepa tolstoiana.

Y sin embargo, me parecen hermosos estos días. Es probable que tenga que ver con el hecho de que en el sur, donde vivo, escasean. La consideración de nuestra insignificancia frente al espectáculo de las fuerzas naturales tiene algo trágico que me inspira y me pone de buen humor. La lucha del sol por abrirse paso, el enfrentamiento colosal de las nubes y la descarga de su artillería pesada. Me atrae más la épica de un cielo cubierto que la lírica celeste.

Por eso, me ha gustado saber que a Chesterton le entusiasmaba el mal tiempo (por llamarlo de algún modo) y que abominaba de los paraguas. “Una de las auténticas maravillas del tiempo lluvioso –recoge Joseph Pearce en su biografía, que estos días leo- es que aunque en general disminuye la cantidad de luz directa y natural, aumenta indiscutiblemente el numero de objetos que la reflejan. Hay menos luz del sol, pero hay muchas más cosas resplandecientes, cosas que tienen un hermoso brillo, como los estanques, los charcos y los impermeables, por ejemplo. Es como si uno paseara por un mundo de espejos”.

Hay que ser un niño para entrar en ese mundo de espejos. Y él lo era. Una vez dentro, indudablemente, el paraguas no es más que un estorbo insoportable. “Nunca me he resignado a llevar paraguas –dice-. Cerrado, un paraguas es un bastón inmanejable, y abierto es una tienda de campaña insuficiente”.

En todo caso, hay que decir que no es igual el invierno de primeros de diciembre que éste de enero y febrero. Ni siquiera debería llamarse invierno. Entre medias han pasado cosas importantes. Sin ir más lejos, el nacimiento de Dios, ante el que la nieve se funde de sorpresa y la lluvia aplaude de júbilo.

Hace unos meses Benedicto XVI decía a un grupo de artistas que “lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible”. Estos meses bien pueden servir de ejemplo. Cambiamos la mortaja por una mantilla bautismal. La nieve ya no oculta hojas secas de calendario sino briznas de esperanza. Es “la Epifanía de la Belleza”. Esa belleza que –continuaba Ratzinger- “necesitamos para no precipitar en la desesperación”.

 Comparada con este tiempo de días que se alargan la primavera parece una anciana repleta de certezas.

A estos meses trémulos les ocurre lo que a los recién nacidos. Nos parecen feos por ese aire de extrañeza y de desamparo con que se estrenan, pero para su madre son hermosos porque son suyos y porque rebosan vida. Todo, al fin, depende del cristal con que se mire.

RR.MM

Hace un par de días por una calle peatonal de Sevilla rematábamos algunas compras. Era un día desapacible y yo llevaba un abrigo largo y un poco mágico que por fuera es como una paleta de colores y por dentro como un oso de peluche.

Andábamos deprisa por la urgencia y por el frío. Las calles del centro parecían ríos a punto de desbordar. De cuando en cuando la corriente se arremolinaba en un recodo sin que supiésemos porqué hasta que llegaba a nuestros oídos el zumbido telúrico de un cuerno tibetano o adivinábamos los pasos de tango de una pareja de bailarines.

En esas, saqué el teléfono para hacer una consulta. El rumor era creciente, como de cascada, y alcé la voz. ¡Oye!, que he salido a comprar regalos de Reyes… Delante de mí una niña de unos cuatro años se volvió y me miró con ojos de espanto.

Aún no sé si rompí el encanto de su fe o si se pensó que era un paje de Sus Majestades. Quiero imaginar que el abrigo ayudó a lo segundo, porque si no me espera una buena de los Reyes Magos cuando lleguen esta noche. Hay cosas que son sagradas.

Recomendaciones de diez para 2010

Hasta la repesca postveraniega mantuve mi propósito lector y espectador de cuatro al mes, pero, como los malos estudiantes, me confié -siempre hay excusas para hacer campana, rabona, pellas o novillos-,  y ahora a fin de año tengo que lamentar no haber leído, visto y vivido lo que hubiera deseado y, como consecuencia, padecer cierta anemia lectoescriturística patente en el blog. Espero enmendarme el próximo año, aunque, como es sabido, las matrículas se sacan en septiembre y yo ya voy con retraso.

Aun así, vaya una lista de películas y libros de diez, clásicas antiguas, clásicas modernas, interesantes o sorprendentes. Unas las comento, otros quedan, para no variar, de asignatura pendiente.

Películas:

1. Cosas que perdimos en el fuego: (2007)de la danesa Susanne Bier, con Halle Berry y Benicio del Toro. Me gustó más Después de la boda, pero tiene buenos actores y una historia de pérdidas y de superaciones muy humana. Benicio excesivo pero lo borda.

2. Cleopatra: (2003) del argentino Eduardo Mignogna. Con una excelente y entrañabilísima interpretación de Norma Aleandro. ¡Qué monólogos!

3. Hace mucho que te quiero: (2008), de Philippe Claudel, una de mis favoritas de este año. Ya comenté aquí.

4. Gran Torino: (2008), de Clint Eastwood. Enorme e imprescindible. Por la temática de culpa y redención, por el sorprendente final, por la magnífica interpretación.

5. Million Dolar Baby: (2004). Como se ve y se verá regresé a la filmografía de Eastwood. Aquí con Hilary Swank y Morgan Freeman. Dura y realista. Existen situaciones duras que un hombre bueno no sabe cómo afrontar, existe la libertad, existen las resoluciones fatales. Y, como ocurría con Hace mucho que te quiero, quien ve al protagonista revolverse en su angustia, lo comprende, aunque no los justifique. Y encuentra el marco exacto a aquel: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

6. Qué verde era mi valle: (1944). De John Ford, con Maureen O’Hara. Dentro de mi intencionado empeño de ver películas de los grandes del cine. Conmovedora,dura y nostálgica a un tiempo. De un género distinto al western, con la que Ford ganó cinco Oscars.

7. Sin perdón: (1992). Más de Eastwood pero a lo Ford y en el oeste.

8. La Ola: (2008), del alemán Dennis Gansel. Interesante. ¿Es posible volver a instaurar el nazismo en la Alemania actual? Parece que no, pero quizá basten unos pocos ingredientes para lograrlo: un carismático profesor de sociología bienintencionado, un lema, una estética, una población joven y manipulable. Hace reflexionar…y temblar.

9. The Visitor: (2007), de Thomas McCarthy. Un profesor desmotivado, un incidente molesto, el encuentro con una pareja de inmigrantes, un viaje interior, unos bongos, un amor, el drama de la inmigración en EE.UU pero sin tópicos. 

10. Enemigos públicos: (2009), de Michael Mann, con Johnny Deep. Recreación de la vida del nº 1 del crimen organizado, John Dillinger. Grandísima interpretación de Deep, buena ambientación y música, ritmo trepidante, amor y tiros a granel. Guiños a otras películas del cine negro americano. Y grandes esfuerzos por no ponerte de la parte del malo, tan guapo, tan seguro de sí mismo, tan dueño del mundo, tan romántico.

Libros:

  1.  Olor a yerba seca. Memorias de Alejandro Llano.
  2. El columpio. Cristina Fernández Cubas. Realismo mágico. Le tenía muchas ganas a este libro desde hacía lo menos quince años y no me ha defraudado.
  3. Reunión de bachilleres. Franz Werfel.
  4. Juego de Azar. Cuentos del polaco Slawomir Mrozek.
  5. Ana Karenina. Tolstoi. Empecé en un viaje en tren en la PDA y no paré hasta terminarlo.
  6. Acción de gracias, de Richard Ford.
  7. Lo que ha llovido, de Enrique García-Máiquez.
  8. En lugar seguro, de Wallace Stegner.
  9. G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce
  10. Perder y Ganar, de John Henry Newman.

Una vida presente. Memorias, de Julián Marías. Me paso de los diez y además voy por la página 600 de las 900 y pico pero no me resisto.

¡FELIZ ENTRADA DE AÑO A TODOS LOS BLOGUEROS Y/O AMIGOS LECTORES!

Al mediar la noche su carrera…

Qué hermosas prosopopeyas en la antífona de entrada de la Misa de hoy: “Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”. Y en el salmo, “Alégrese el cielo y goce la tierra”. Viene a la imaginación la serena vigilia de Belén apenas rota por las esquilas de las ovejas y los pasos apresurados de los pastores.

 Y qué susto morrocotudo, al hallar el origen del texto en el libro de la Sabiduría (18, 14-15):  “(…) Tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio. Empuñando como afilada espada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por doquier; y tocaba el cielo mientras pisaba la tierra”.

En el pesebre, sobre pajas doradas, al contraluz de la lumbre, duerme el que dirá que no ha venido a traer la paz a la tierra sino la espada. Extraña paradoja. Chesterton la clava:

 ¡Oid! La risa despierta como un león
Y ruge sobre la llanura que resuena;
el cielo entero grita y se estremece,
porque Dios mismo ha nacido de nuevo,
y nosotros somos niños que andan
A través de la nieve y de la lluvia.

 Se nos olvida que la Encarnación del Verbo continúa removiendo los cimientos de los déspotas. Herodes lo sabe y tiembla pero, aunque sea un cretino, es más sincero que los tiranos de hoy que nos contagian su buenismo laico ahíto de paz, concordia y armonía mundiales. Al menos él reconoce el poder del Niño aunque busque aniquilarlo.

Nosotros continuemos caminando hacia Belén… sin miedo a las inclemencias del tiempo presente.

Encender la chimenea

 

Poner calor de hogar. Lograr que la chispa del fósforo anime las ramas muertas, las transfigure con su fulgor y las haga bailar rojas y salvajes, como danzarines de Matisse.

Hay algo primigenio, litúrgico, misterioso y comunicativo en prender la lumbre, en lograr que se conserve, y que haga su lecho de brasas donde luego puedan ofrecerse los troncos más robustos. Sin química, sin electricidad, casi como la primera vez que el hombre sometió al fuego.

Asciende el humo sacrificial por la chimenea y canta su salmo el crepitar de la corteza del desamor mientras se consume y se consuma la oblación. Y todos se sienten atraídos hacia ese latido que bombea en el centro y ante el que el rubí más grande y mejor tallado agoniza. Se dejan envolver por ese abrazo que da vida y duele hasta morir y comprenden qué es preciso que exista la purificación.

Porque, ¿no es verdad que al contemplar a la mañana siguiente las cenizas blancas y aún tibias, como una sábana prematuramente abandonada, queda el eco de un aleteo de fénix, la sospecha de una resurrección?

Minuto de Teozoología, de d’Ors

(…)

Pero, con mi respeto

para la Teología, aquí no acaba todo;

aquí falta

un minuto de lo que se debiera,

con todo mi respeto, llamar Teozoología.

Sí, que al buey y a la mula que allí estaban, oscuros,

alguien debió de darles también algún aviso,

pues ya veis – caso raro de veras – que, en lugar

de alborotarse trompicando en la penumbra,

todo pezuñas, costaladas y bufidos,

ante aquella invasión de su tibio descanso,

se quedaron echados, rindieron los testuces

y con algo que era casi amor, enfocaron

el vaho de sus morros hacia aquel puñadito

de carne sonrosada y llorona.

Si pienso

qué hubiera sucedido si a Dios aquella noche

le falta aquel aliento, que fue como una manta

de ternura gaseosa; lo distinta que pudo

haber sido la vida de los hombres, 

concluyo

que la mula y el buey – benditos para siempre

ellos y sus estirpes-, a su modo, sabían

lo que estaban haciendo. Lo que estaba naciendo.

 

D’ORS, M., Sol de Noviembre, Sevilla 2005, pp. 70 – 71.

 

(y a pie de página de esta teozoología digo yo que qué bueno es Dios que quiere que aun los más testarudos tengamos nuestro hueco y nuestra misión en el Portal).

Feliz Navidad

Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

“En este episodio de la naturaleza humana, que es el Nacimiento, hay un carácter individual y peculiarísimo, algo psicológicamente sustancial, que no puede interpretarse como una mera leyenda o la simple historia de la vida de un gran hombre. Porque no inclina nuestras mentes, sistemáticamente, a la grandeza, hacia esa admiración ampulosa y exagerada de los reyes y de los dioses, a que, en todas las edades, se encontró propicia la mente humana, sino que es algo consustancial en
nosotros, que nos sorprende desde dentro de nuestro propio ser, como si, explorando nuestra habitación espiritual, diéramos, de pronto, con un aposento ignorado hasta entonces, del que saliera una clara luminosidad.
Algo que, aun a los más endurecidos corazones, traiciona con una irresistible atracción hacia el bien. Algo que no está hecho con lo que el mundo llamaría “materia fuerte”. Algo que es todo lo que hay en nosotros de ternura eterna.
Algo que es la palabra rota y la razón perdida, que se concretan y se hacen positivas. Algo por lo que los reyes exóticos llegaron de un país lejano y por lo que los pastores dejaron sus correrías por la montaña, y por lo que la noche y la caverna imperaron solas, recibiendo algo que era más humano que la Humanidad misma.

(G.K. Chesterton, El hombre eterno, LEA, Bs. As., 1987, pp. 201-221)

De dónde vienes y a dónde vas

 

“El hombre moderno es semejante al viajero que olvida el nombre de su destino y tiene que regresar al lugar del que partió para averiguar incluso dónde se dirigía”, dice Chesterton (en G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce).

Entiendo ese “tiene” por un “debería” porque de momento no se le ve muy dispuesto a regresar al punto de partida. Es más, carece de todo interés de dirigir sus pasos a ningún lugar preciso que le dicte la razón y que limite su capricho de probar.

Y algo más aún: ni siquiera entiende porqué deben existir caminos y no campo a través. Ni cuál es su nombre de pila, lo que dificulta enormemente poder rescatarlo del laberinto que él mismo se ha construido. 

Puestos a seguir un camino, seguirá muy ufano la senda por donde trota la piara azuzada por el lobo, aunque acabe en el borde de un precipicio.

El nombre de las cosas

Dice Maritain en ese libro que me trajo la feliz “injusticia” del trueque que la poesía es “una suerte de adivinación (…); un proceso de intercomunicación entre el ser íntimo de las cosas y el ser íntimo del yo humano”.

Su manifestación primigenia, apostillo, fue el acto con el que Adán puso nombre a las cosas. Habría que ver al pobre hombre de un extremo a otro del paraíso alucinando con todos los entes animados e inanimados que Dios había hecho para él de la nada. Debió ser como unos Reyes Magos cósmicos.

Poniéndonos feministas recalcitrantes, Adán ya apuntaba maneras desde el principio. Nada más darle Dios una compañera, porque no le llenaba la amistad con tanto bicho, le pone por nombre Mujer “porque del varón había sido tomada”. (Gen 2, 23). Y después del pecado original, con su consiguiente huella transgeneracional, va y se lo cambia por el de Eva “por ser la madre de todos los vivientes” (Gen 3, 20). Es la V.O del “dile a TU madre que” actual. Pero me estoy yendo del tema…

Quería decir, a propósito de Maritain y del comentario generosísimo de Adaldrida que, desde el primer hombre, todos hemos sido alguna vez poetas, aunque sólo sea por haber pasado la fase de adán en miniatura. (Aquí cabría otra digresión sobre si Dios hizo a Adán chico o grande, pero la voy a dejar estar).

Muchos perdemos esa capacidad cuando caemos en la ordinariez de llamar lo ordinario al milagro nuestro de cada día, y de golpe nos hacemos “mayores”. Ya no hay manera de hilar con oro la urdimbre de lo real, y lo peor de todo es perder la capacidad de nombrar a las cosas.

Lo dice mil veces mejor John Henry Newman en Perder y Ganar (a pesar de la traducción facilona de la editorial Encuentro), que junto con Maritain es lo que leo ahora después de haber disfrutado enormemente con la biografía de Chesterton de Joseph Pearce y de haberle robado el secreto de la vida que reside en la risa y la humildad.

“Cuando era joven, iba yo caminando una vez desde Oxford hacia Newington un día de calor en verano… Un camino bastante aburrido, como recordará cualquiera que lo haya hecho alguna vez; y sin embargo, era nuevo para nosotros, y te aseguro, lector, lo creas o no y aunque te rías, que nos parecía en esa ocasión conmovedoramente hermoso. Y caía sobre nosotros una suave melancolía que se reproduce aún ahora cuando pienso en aquella jornada tan polvorienta y fatigosa. ¿Por qué? Porque los objetos eran nuevos y estaban llenos de misterio. Un árbol, o dos, allá a lo lejos, parecían el comienzo de un bosque o de un parque que se extendiera infinitamente. Una colina sugería la idea de un valle más allá, un valle con su propia historia, flamante. Los caminillos con sus setos verdes, barridos por el viento y desdibujándose, eran otro estímulo para la imaginación. Así fue mi primera caminata; pero cuando la repites unas cuantas veces, la mente se niega a trabajar, el paisaje deja de encantar, sólo permanece la seca realidad; y terminamos pensando que es el camino más soso que hemos hecho en nuestra vida”.

Perder y ganar. John Henry Newman.

Lunes de diciembre

 Instruidas por el maestro viento

juegan a corro las hojas del patio.

Los colegiales muy quietos las miran

con el sueño anudado en sus bufandas.