• Puente de mando

    Cristina Abad. Sevilla. (España)
  • Carta de navegación

  • Sin Perdón

    -Si le he dicho que no, no ha sido por que tenga marcas en el cuerpo y en la cara.

    Lo que le dije la otra mañana de que se parecía a mí no es verdad. Usted no es fea como yo, sólo que ambos tenemos cicatrices.

    Usted es una mujer muy hermosa y si quisiera un servicio gratis la elegiría a usted antes que a las otras dos. Sólo que no puedo… por respeto a mi esposa.

    -¿Su esposa?

    -Si, verá…

    -Es digno de admiración por ser fiel a su esposa. He conocido a muchos hombres que no lo son.

    -Sí, supongo que sí.

    -¿Ella vive en Kansas?

    -Sí…, sí. Se ha quedado cuidando a mis hijos.

    (William Manny -Clint Eastwood- a la prostituta marcada por dos vaqueros cobardes).

  • Morfeo a Neo en Matrix

    "Igual que los demás, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme."

De dónde vienes y a dónde vas

 

“El hombre moderno es semejante al viajero que olvida el nombre de su destino y tiene que regresar al lugar del que partió para averiguar incluso dónde se dirigía”, dice Chesterton (en G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce).

Entiendo ese “tiene” por un “debería” porque de momento no se le ve muy dispuesto a regresar al punto de partida. Es más, carece de todo interés de dirigir sus pasos a ningún lugar preciso que le dicte la razón y que limite su capricho de probar.

Y algo más aún: ni siquiera entiende porqué deben existir caminos y no campo a través. Ni cuál es su nombre de pila, lo que dificulta enormemente poder rescatarlo del laberinto que él mismo se ha construido. 

Puestos a seguir un camino, seguirá muy ufano la senda por donde trota la piara azuzada por el lobo, aunque acabe en el borde de un precipicio.

El nombre de las cosas

Dice Maritain en ese libro que me trajo la feliz “injusticia” del trueque que la poesía es “una suerte de adivinación (…); un proceso de intercomunicación entre el ser íntimo de las cosas y el ser íntimo del yo humano”.

Su manifestación primigenia, apostillo, fue el acto con el que Adán puso nombre a las cosas. Habría que ver al pobre hombre de un extremo a otro del paraíso alucinando con todos los entes animados e inanimados que Dios había hecho para él de la nada. Debió ser como unos Reyes Magos cósmicos.

Poniéndonos feministas recalcitrantes, Adán ya apuntaba maneras desde el principio. Nada más darle Dios una compañera, porque no le llenaba la amistad con tanto bicho, le pone por nombre Mujer “porque del varón había sido tomada”. (Gen 2, 23). Y después del pecado original, con su consiguiente huella transgeneracional, va y se lo cambia por el de Eva “por ser la madre de todos los vivientes” (Gen 3, 20). Es la V.O del “dile a TU madre que” actual. Pero me estoy yendo del tema…

Quería decir, a propósito de Maritain y del comentario generosísimo de Adaldrida que, desde el primer hombre, todos hemos sido alguna vez poetas, aunque sólo sea por haber pasado la fase de adán en miniatura. (Aquí cabría otra digresión sobre si Dios hizo a Adán chico o grande, pero la voy a dejar estar).

Muchos perdemos esa capacidad cuando caemos en la ordinariez de llamar lo ordinario al milagro nuestro de cada día, y de golpe nos hacemos “mayores”. Ya no hay manera de hilar con oro la urdimbre de lo real, y lo peor de todo es perder la capacidad de nombrar a las cosas.

Lo dice mil veces mejor John Henry Newman en Perder y Ganar (a pesar de la traducción facilona de la editorial Encuentro), que junto con Maritain es lo que leo ahora después de haber disfrutado enormemente con la biografía de Chesterton de Joseph Pearce y de haberle robado el secreto de la vida que reside en la risa y la humildad.

“Cuando era joven, iba yo caminando una vez desde Oxford hacia Newington un día de calor en verano… Un camino bastante aburrido, como recordará cualquiera que lo haya hecho alguna vez; y sin embargo, era nuevo para nosotros, y te aseguro, lector, lo creas o no y aunque te rías, que nos parecía en esa ocasión conmovedoramente hermoso. Y caía sobre nosotros una suave melancolía que se reproduce aún ahora cuando pienso en aquella jornada tan polvorienta y fatigosa. ¿Por qué? Porque los objetos eran nuevos y estaban llenos de misterio. Un árbol, o dos, allá a lo lejos, parecían el comienzo de un bosque o de un parque que se extendiera infinitamente. Una colina sugería la idea de un valle más allá, un valle con su propia historia, flamante. Los caminillos con sus setos verdes, barridos por el viento y desdibujándose, eran otro estímulo para la imaginación. Así fue mi primera caminata; pero cuando la repites unas cuantas veces, la mente se niega a trabajar, el paisaje deja de encantar, sólo permanece la seca realidad; y terminamos pensando que es el camino más soso que hemos hecho en nuestra vida”.

Perder y ganar. John Henry Newman.

Lunes de diciembre

 Instruidas por el maestro viento

juegan a corro las hojas del patio.

Los colegiales muy quietos las miran

con el sueño anudado en sus bufandas.

Magia

De regreso de un almuerzo prenavideño, con dos cervezas y un pacharán, por la calle García de Vinuesa, puede suceder que se corra una cortina invisible y surja la avenida como un inmenso plató.

Quizá sea la irrealidad de estos momentos únicos del atardecer en que la luz natural convive con la artificial y cabe todo, lo diurno y lo nocturno. Despierta en el alma algo parecido a la emoción.

El tranvía parte más lento que nunca mientras la gente cruza despreocupada los raíles, andando, en bicicleta, en patines; y me pregunto si alguien acabará de gritar: “Luces, cámara, acción”, y no seré yo también un extra de la película.

 Se oyen las campanas de la catedral y a intervalos la voz del castañero -“¡calentita y bien tostaaaá!”-; y un clarinete que es como un abrazo muy cálido y muy profundo que casi hace llorar.

Por la alquimia de los sonidos un hombre que lleva un jamón de regalo se lo coloca al hombro y simula un violín. Sonrío. Hay un bullicio de babel que parece un aplauso.Y yo siento que después de diez años empiezo a comprender esta ciudad huidiza.

Al pasar por el Alfonso XIII un grupo de curiosos atisba la lujosa entrada. Pregunto a qué esperan: A ver si salen hoy los actores.

Trueque

Es la primera vez que me pagan en especie. Y me ha gustado la experiencia del intercambio.

Siempre digo que, si pudiera, viviría en un árbol y en la sociedad del trueque. El dinero es tan impersonal, tan insignificante en su materialidad, que parece un desprecio o una presunción. ¿Cuántos papeluchos vale el arte de un cerebro o de unas manos?

Sin embargo, qué poético no tener más remedio que elegir, por la redacción de ese artículo -que además era un resumen de otro ya publicado- entre los libros de la lista de una editorial.

Aunque pensándolo bien daba un poquito de apuro, el canje necesariamente desigual. Mi mediocre escrito, a los efectos, vale lo que el Ronald Knox, de Evelyn Waug; La intuición creadora en el arte y en la poesía, de Jacques Maritain; y Chesterton, un escritor para todos los tiempos, de Luis Ignacio Seco. ¿Cómo va a ser?

Quizá por eso me he pasado una semana esperando con ilusión e impaciencia la llegada de tan ilustres personajes.

Aun así, como corresponde a un caballero francés o inglés, no me han dejado. Y al llegar a casa después de unos días de retiro, descanso y reflexión, me aguardaban ellos detrás de la puerta, charlando amigablemente, muy educados y afectuosos, con el sombrero en la mano, y sin darse importancia.

Ah, la verdadera sabiduría, siempre tan cercana, tan humilde.

Migas de Pulgarcito

Para volver al camino, sin desfallecer en el intento, estas, que más que migas son hogazas de pan tierno.

Son palabras de Benedicto XVI a 260 artistas en la celebración de X aniversario de la Carta que Juan Pablo II les dirigió. Al acto, que tuvo lugar el pasado 21 de noviembre en la Capilla Sixtina, asistieron, entre otros, los cineastas Kristof Zanussi, Nani Moretti, Samuel Maoz y Pupi Avati, los arquitectos Zaha Hadid y Santiago Calatrava, los escritores Susanna Tamaro y Claudio Magris, el compositor Ennio Morricone, o el tenor Andrea Bocelli.

Una función esencial de la verdadera belleza, de hecho, ya expuesta por Platón, consiste en provocar en el hombre una saludable “sacudida”, que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le “despierta”, abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto. La expresión de Dostoyevski que voy a citar es sin duda audaz y paradójica, pero invita a reflexionar: “La humanidad puede vivir –decía– sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí”. Se hizo eco de sus palabras el pintor Georges Braque: “El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza”. La belleza golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone en marcha, lo llena de nueva esperanza, le dona la valentía de vivir hasta el final el don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente, no consiste en una fuga irracional o en un mero esteticismo.
 
Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría. Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma. La auténtica belleza, por el contrario, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano.

(…) Queridos artistas, al concluir, quisiera dirigir también yo, como ya lo hizo mi predecesor, un cordial, amigable y apasionado llamamiento. Sois los custodios de la belleza, tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y del compromiso humano. ¡Agradeced los dones recibidos y sed plenamente conscientes de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de comunicar la belleza a través de la belleza! ¡Sed también, a través de vuestro arte, anunciadores y testigos de esperanza para la humanidad¡ ¡Y no tengáis miedo de relacionaros con la fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes, con quien, como vosotros, se siente peregrino en el mundo y en la historia hacia la Belleza infinita! La fe no quita nada a vuestro genio, a vuestra arte, es más, los exalta y los nutre, los anima a atravesar el umbral y a contemplar con ojos fascinados y conmovidos la meta última y definitiva, el sol sin crepúsculo que ilumina y hace bello el presente.

El texto completo, aquí.

Mucho más que un instinto

(Ese es el título de mi última columna de Nuestro Tiempo. Hace más de un mes que no escribo. Y no porque no haya pensado en mis lectores cada día. Pongamos que el otoño me ha dejado afónica… Vuelvo tímidamente, consciente de que la entrada es tramposa pero confiando en que el efecto placebo me sirva de remedio. Lo estoy deseando. Gracias por aguardar fielmente). 

Ahora, la columna:

Mucho más que un instinto

Hace pocas semanas Sharon Stone confesaba haber sufrido en el pasado dos abortos espontáneos que aún no ha podido superar. Nunca sabemos los dramas que esconde el celuloide. La protagonista de Instinto Básico, icono erótico de varias generaciones, envidiada a sus cincuenta y un años por la eterna juventud que reflejan sus anuncios de Dior, de quien es imagen, perdió dos hijos en el quinto mes de gestación y describe la experiencia como “algo horrible”. La revelación me ha despertado un sentimiento de simpatía porque contrasta con esa imagen de ‘femme fatale’ que muestra en sus películas de alto voltaje. En un momento de su vida, con varios fracasos matrimoniales a las espaldas y “la celebridad como profesión” –como ella misma reconoce-, Sharon quiso ser madre biológica y no pudo. El cine lo hace todo posible, pero la vida real no es tan generosa. Hoy es madre de tres hijos adoptados.

Para cuando vea la luz este artículo, hará tiempo que muchos volvimos de gritar en Madrid que ‘cada vida importa’, que el vientre materno no puede convertirse en una batalla campal con dos víctimas y ningún ganador: el niño no nacido y la mujer no madre. Habremos asistido al consabido baile de cifras de manifestantes, y nuestros gobernantes continuarán con su proyecto mortal arguyendo que la norma amplía el marco de libertad de la mujer; disipando, como si fueran jirones de humo, pesadillas del síndrome post-aborto mucho más espeluznantes que las de Sharon Stone.

La sensación de esfuerzo inútil que a veces nos embarga tras las manifestaciones tiene su fundamento. Una amiga estudiosa del tercer feminismo me decía hace unos días: “de poco sirven las pancartas y las alternativas al aborto si no generamos un discurso intelectual sólido y no ofrecemos a la sociedad propuestas proactivas que permitan a la mujer desarrollar todas sus capacidades”. Me hablaba con admiración de mujeres que vuelven de un feminismo radical con asombrosa lucidez y espíritu combativo, dejando en el camino jirones de piel.

Profesionales de primera línea, como la periodista alemana Eva Herman, que han sido capaces de enfrentarse a ideologías que ellas mismas sostuvieron y propugnaron, para elegir, en ejercicio soberano de su libertad, lo que consideran que les hace más felices: trabajar fuera de casa, conciliar o cuidar de los suyos y de su hogar.

Hay montones de mujeres cansadas de luchar contra sí mismas, de emplear sus mejores energías en las galeras de un trabajo extenuante mientras a sus hijos -en el caso de que se decidan a tenerlos- los crían la empleada o los abuelos, de acabar siendo extrañas en su propia casa. Pertenecen a una generación que intenta buscar un punto medio entre el sometimiento multisecular y las carreras suicidas del feminismo a ultranza. Quieren aportar su capacidad de humanizar a la sociedad, al trabajo y a la familia, y esperan del hombre que ocupe también el puesto que le corresponde en cada uno de esos ámbitos para construir una sociedad que explote toda la riqueza que comporta la complementariedad de varón y mujer. Una sociedad que entienda que tener una mujer madre en plantilla es un activo para la empresa que compensa las bajas maternales y los horarios reducidos, y que la ausencia del padre en la vida familiar supone un perjuicio para los hijos difícilmente reparable.

Ya se oyen voces, algunas sorprendentes, como la de la actriz de Pensilvania, nada sospechosa de ser “conservadora”: “Hubo un tiempo en que ser la famosa Sharon Stone fue uno de los objetivos de mi carrera. He comprendido que la adoración vacía, estar sola en la cumbre, no es sustituto de la familia. He estado enamorada de mi profesión y ahora también lo estoy de mi familia”. “Siento que el verdadero amor es equilibrio, calma, paz, paciencia y amabilidad, no una emboscada como yo viví”. “Recibo cientos de ofertas para hacer televisión, pero el horario es muy intenso y yo tengo niños pequeños. Si tuviera un padre que cuidara de ellos tal vez sería diferente, así que si lo encuentro ya veremos”. Bien por Sharon.

Los niños son poetas

Calle Valparaíso. Llueven las hojas de acacia bajo el sol de membrillo. Un niño tan pequeño que sorprende que camine se acuclilla agarrado a la mano de su madre. Después de observar la alfombra otoñal toma muy concienzudo algo entre el índice y el pulgar y se levanta exultante: ¡Mamá, mira! ¡UNA HOJA AMARILLA!

Equinoccio autumnal

Os dejo mi artículo del último Nuestro Tiempo en el que tengo la enorme suerte de compartir vecindad con Enrique, que ocupa la columna de invitado. También en ese número firmo el tema de portada “Mayoría de edad, un concepto en crisis”, con unas ilustraciones magníficas y un trabajo de edición por parte de Javier, Sonsoles y todo su equipo, que no aparece en la firma pero que yo aplaudo aquí en justo agradecimiento.

 

CRISIS VACACIONAL

Años atrás por estas fechas, los psicólogos solían prevenirnos de la crisis post-vacacional que se avecinaba, consistente en incorporarse al trabajo hecho unos zorros después del frenesí veraniego; pero este año, por primera vez desde hace muchos, tuvimos que enfrentarnos a una crisis pre-vacacional. En lugar de sufrir el hartazgo y el agotamiento derivados de obligarnos a pasarlo bien de la manera más cara y snob, allá por junio la crisis consistió en averiguárnoslas para pasarlo fetén en familia con el mínimo gasto posible, cosa que requería del concurso de la creatividad de todos. El balance revela ahora que aquel planteamiento mereció la pena: las vacaciones así planteadas nos pueden devolver como por ensalmo a la Arcadia que tanto anhelamos. Aquellos tiempos en que éramos felices con menos que nada: hacinados en un seiscientos en el que milagrosamente cabían cinco niños y dos adultos –imposible hoy gracias a la normativa de seguridad vial–, encadenando canciones infantiles, jugando a capicúa con las matrículas o resolviendo acertijos.

Si el viaje era corto partíamos con las ventanillas bajadas, por donde asomábamos la cabeza pese a la prohibición de los mayores, los ojos cerrados, la boca abierta, sintiendo el azote del viento sobre el pelo revuelto. De cuando en cuando se colaba una avispa y, entonces, el coche se convertía en un revoltijo de piernas y brazos, protestas y gritos, hasta que papá o mamá decían: “Para ahuyentar a las avispas lo que hay que hacer es estarse muy quieto y morderse la lengua”. Si el destino era lejano, entonces nuestros padres organizaban el viaje con nocturnidad, premeditación y alevosía, para burlar la canícula y evitar, con el sueño y las tinieblas, el insufrible “queda mucho” que cada cinco minutos pronuncian todos los niños viajantes del mundo. Al amanecer nos despertaba el frenazo del coche, el susurro materno –hemos llegado– y aquel aroma capaz de convocar la felicidad durante el resto del año. Salíamos entumecidos, atontados, con la boca pastosa pero felices. Qué poder tienen los olores para atravesar la barrera del tiempo.

Aquellas vacaciones tenían algo de salvaje, libertino y primigenio. Obviar los horarios, liberarse de los zapatos y de la ropa, lavarse menos, aventurarse por parajes ignotos, perder el rastro de un escarabajo en la arena, comer sin cubiertos. Era un placer subvertir el orden y la decencia. En la playa, en el campo se podían hacer todas las cosas que estaban mal vistas en la ciudad.

Yo recuerdo los viajes de Valencia a la casa familiar de Brenes, donde pasábamos el verano con los tíos y los primos: la cabaña secreta hecha con cajas de madera donde contábamos historias de miedo a la incauta luz de una vela, las andanzas suicidas por cornisas y terrazas, los atracones de mandarinas.

Y también los traslados a Marbella, donde mis padres alquilaban un apartamento frente a un famoso hotel, que aún existe. El apartamento tenía sólo un dormitorio y una sala con cocina americana. Con seis años aprendí a fabricarme una con los cojines del sofá y todos los años repetía el rito iniciático burlando la vigilancia del responsable de recepción para quien yo no existía. No nos daba para una habitación más grande.

Allí jugábamos a que éramos ricos y famosos: paseábamos por el campo de golf, nos sumergíamos en las aguas turquesas y, de cuando en cuando, nos colábamos–como en la canción de Mecano– en las fiestas de la jet, donde, ya no sé si me asiste la memoria o la fantasía, creo recordar haber visto a Gunilla Von Bismark y a Julio Iglesias, aunque de lo único que estoy cierta es de haber cantando con Mª Carmen y su acordeón la canción de “Los Pajaritos”.

De aquellos veranos marbellís me traje el primer baile con mi padre, un sombrero cordobés que me regaló mi madre y un retrato hecho en pastel por un artista local, que todavía anda por casa, y en el que, treinta años después, me sigo viendo demasiado mayor para mi edad. 

Una capa mágica

Es curioso. El tópico dice que una mujer nerviosa o preocupada no necesita que le solucionen los problemas sino sencillamente que la escuchen.

A mí me ocurre lo contrario. En esas circunstancias entro en estado de mutismo (mi ausencia del blog es testigo) y agradezco que me ignoren cuanto más mejor.

Quisiera tener una capa de desaparecer para llegar a casa, al trabajo, hacer todas esas cosas ingratas sin que nadie me mire ni me pregunte gentilmente, y volver a la consistencia física con todo resuelto y una sonrisa en los labios. (Esto de la capa es una de esas ficciones de la infancia que más deseo que la técnica haga posible).

Probablemente porque verbalizar lo que me ocurre supone una inversión de tiempo demasiado precioso, no resuelve el problema y me pone de peor humor al dejar patente mi dificultad para hacer varias cosas a la vez.