El cohete abre una herida en el cielo, el mismo que todos los años me acierta en la diana. Cuando me pongo a averiguar su significado ya es evidencia.
Junto al kiosco de Dorothy, en la frontera de Valparaíso y al comienzo del camino de baldosas amarillas, se amontonan las carretas adornadas de geranios, rejas y cortinas de lunares pasando revista ante el semáforo.
Pitan iracundos los coches. La gorra campera y séneca del tractorista ni se inmuta. Es el cruce del tiempo y la eternidad. Que pare el mundo que salen los romeros camino del Rocío. Yo sonrío y digo por lo bajo al conductor enfurecido: ¿y tendrás valor de ser sevillano? Lo que te queda…
Hoy salen Sevilla Sur y San Pablo, mañana El Cerro, Triana y Macarena y pasado Sevilla. Seis misterios sevillanos de gloria pentecostal que se unen a otros cien de Andalucía, España y parte del extranjero. Quizá vaya el jueves a la misa de romeros al Salvador para ver salir al Simpecado y ponerse de manos los bueyes a la orden del boyero, que si no se arrodillan los hombres lo harán las bestias, como habló en su día la burra de Balaam.
Habrá quien piense que esto es farándula de pantojas. Y yo digo que no, que aquí hay piedad y penitencia, que lo digan los romeros de misa de campaña, de rosario, de promesa y de cantos rocieros; que lo digan cuando toca sacar la carreta de las arenas y después de soportar el peso del día y del calor y al presentarse ante la Reina de las Marismas; que lo digan las hermandades que trabajan la devoción mes a mes, y la flor morada de la jacarandá que salta en oblación así en la tierra como cada cohete en los cielos.
Lo mío con el Rocío no es innata tradición, es amor de adolescencia. Un día a los trece años me planté en la Ermita y me quedé prendida del sombrero de la Virgen, como aquella flor marchita y seca de la canción. Desde entonces voy cada vez que puedo a ver a la Madre, casi siempre a destiempo. En las marismas florece la devoción.
Me sumerjo en esa letanía de pasos que llenan de arena el templo -ese polvo del camino del que habló el Papa viajero- en el rosario de novios, recién casados, recién paridas que presentan a sus infantes, comadres que echan el ratito a voces… pero con Ella.
A ojos extraños parecerá un despropósito, una falta de urbanidad. A veces sale el sacristán y llama al silencio, pero en seguida vuelve el barullo y los brazos de los muchachos a rodear a sus novias, siempre más piadosas que ellos.
Aquí casi nadie está con la compostura que debiera, está como puede, como sabe, pero está, que es lo importante. Y Ella lo sabe. Se le nota en esa sonrisa contenida y en la mirada baja.
Estos hijos…

