Os dejo mi artículo del último Nuestro Tiempo en el que tengo la enorme suerte de compartir vecindad con Enrique, que ocupa la columna de invitado. También en ese número firmo el tema de portada “Mayoría de edad, un concepto en crisis”, con unas ilustraciones magníficas y un trabajo de edición por parte de Javier, Sonsoles y todo su equipo, que no aparece en la firma pero que yo aplaudo aquí en justo agradecimiento.
CRISIS VACACIONAL
Años atrás por estas fechas, los psicólogos solían prevenirnos de la crisis post-vacacional que se avecinaba, consistente en incorporarse al trabajo hecho unos zorros después del frenesí veraniego; pero este año, por primera vez desde hace muchos, tuvimos que enfrentarnos a una crisis pre-vacacional. En lugar de sufrir el hartazgo y el agotamiento derivados de obligarnos a pasarlo bien de la manera más cara y snob, allá por junio la crisis consistió en averiguárnoslas para pasarlo fetén en familia con el mínimo gasto posible, cosa que requería del concurso de la creatividad de todos. El balance revela ahora que aquel planteamiento mereció la pena: las vacaciones así planteadas nos pueden devolver como por ensalmo a la Arcadia que tanto anhelamos. Aquellos tiempos en que éramos felices con menos que nada: hacinados en un seiscientos en el que milagrosamente cabían cinco niños y dos adultos –imposible hoy gracias a la normativa de seguridad vial–, encadenando canciones infantiles, jugando a capicúa con las matrículas o resolviendo acertijos.
Si el viaje era corto partíamos con las ventanillas bajadas, por donde asomábamos la cabeza pese a la prohibición de los mayores, los ojos cerrados, la boca abierta, sintiendo el azote del viento sobre el pelo revuelto. De cuando en cuando se colaba una avispa y, entonces, el coche se convertía en un revoltijo de piernas y brazos, protestas y gritos, hasta que papá o mamá decían: “Para ahuyentar a las avispas lo que hay que hacer es estarse muy quieto y morderse la lengua”. Si el destino era lejano, entonces nuestros padres organizaban el viaje con nocturnidad, premeditación y alevosía, para burlar la canícula y evitar, con el sueño y las tinieblas, el insufrible “queda mucho” que cada cinco minutos pronuncian todos los niños viajantes del mundo. Al amanecer nos despertaba el frenazo del coche, el susurro materno –hemos llegado– y aquel aroma capaz de convocar la felicidad durante el resto del año. Salíamos entumecidos, atontados, con la boca pastosa pero felices. Qué poder tienen los olores para atravesar la barrera del tiempo.
Aquellas vacaciones tenían algo de salvaje, libertino y primigenio. Obviar los horarios, liberarse de los zapatos y de la ropa, lavarse menos, aventurarse por parajes ignotos, perder el rastro de un escarabajo en la arena, comer sin cubiertos. Era un placer subvertir el orden y la decencia. En la playa, en el campo se podían hacer todas las cosas que estaban mal vistas en la ciudad.
Yo recuerdo los viajes de Valencia a la casa familiar de Brenes, donde pasábamos el verano con los tíos y los primos: la cabaña secreta hecha con cajas de madera donde contábamos historias de miedo a la incauta luz de una vela, las andanzas suicidas por cornisas y terrazas, los atracones de mandarinas.
Y también los traslados a Marbella, donde mis padres alquilaban un apartamento frente a un famoso hotel, que aún existe. El apartamento tenía sólo un dormitorio y una sala con cocina americana. Con seis años aprendí a fabricarme una con los cojines del sofá y todos los años repetía el rito iniciático burlando la vigilancia del responsable de recepción para quien yo no existía. No nos daba para una habitación más grande.
Allí jugábamos a que éramos ricos y famosos: paseábamos por el campo de golf, nos sumergíamos en las aguas turquesas y, de cuando en cuando, nos colábamos–como en la canción de Mecano– en las fiestas de la jet, donde, ya no sé si me asiste la memoria o la fantasía, creo recordar haber visto a Gunilla Von Bismark y a Julio Iglesias, aunque de lo único que estoy cierta es de haber cantando con Mª Carmen y su acordeón la canción de “Los Pajaritos”.
De aquellos veranos marbellís me traje el primer baile con mi padre, un sombrero cordobés que me regaló mi madre y un retrato hecho en pastel por un artista local, que todavía anda por casa, y en el que, treinta años después, me sigo viendo demasiado mayor para mi edad.